Hay momentos en la historia donde la confusión no es inocente.
No es un simple error de interpretación
ni una ingenua falta de formación: es una construcción política funcional al poder.
Hoy vivimos uno de esos momentos.
Bajo el ruido ensordecedor de etiquetas vacías,se ha instalado una forma de pensamiento que mezcla fanatismo con ignorancia,y lo presenta como conciencia política.
Es,en los hechos,una enfermedad ideológica.
Se habla de “izquierda” y “derecha” como si esas categorías,nacidas en el contexto de la Revolución Francesa,fueran suficientes para explicar el mundo actual. Pero esa clasificación —útil en su momento— hoy se ha vuelto un instrumento de simplificación que diluye las contradicciones reales del sistema capitalista.
¿De qué sirve declararse“de izquierda”si se termina administrando el mismo orden que explota,precariza y somete a la clase trabajadora?
🔸El problema no es semántico. Es político.
El comunismo no es una ubicación en un hemiciclo parlamentario ni una identidad estética.
Es una posición histórica y material frente al mundo.
Es una teoría científica desarrollada por Karl Marx y llevada a la práctica revolucionaria por Vladimir Lenin.
No nació para adornar discursos progresistas ni para ser absorbido por frentes electorales que,
en nombre de la “unidad”,terminan subordinando los principios a la lógica del sistema.
Aquí es donde la confusión se vuelve peligrosa: cuando se iguala comunismo con cualquier forma de “izquierdismo”,cuando se diluye su contenido revolucionario en programas reformistas que no cuestionan la estructura del poder.
Se construye así una ilusión: la de que es posible humanizar el capitalismo sin destruir sus bases.
Y esa ilusión,repetida hasta el cansancio,se convierte en sentido común.
🔸Pero la historia no avala esa fantasía.
La historia —la real,no la edulcorada— demuestra que los avances profundos de la humanidad no fueron concesiones graciosas del poder,sino conquistas arrancadas mediante lucha.
Fue el movimiento obrero organizado,bajo banderas revolucionarias,el que transformó el mundo.
Fue la experiencia socialista la que enfrentó y derrotó al fascismo en uno de los momentos más oscuros de la humanidad,bajo el liderazgo de Joseph Stalin en la Segunda Guerra Mundial.
Negar esto,relativizarlo o tergiversarlo no es un acto de ignorancia: es una toma de posición.
Hoy,muchos actores políticos prefieren reescribir la historia antes que asumir sus propias limitaciones.
Hablan de democracia mientras gestionan desigualdad.
Hablan de justicia social mientras garantizan la acumulación de riqueza en pocas manos.
Hablan de cambio,pero temen profundamente a cualquier transformación real.
Y en ese terreno fértil crece el fanatismo: no como convicción ideológica,sino como adhesión acrítica.
Se defiende lo indefendible,se justifica lo injustificable,y se ataca cualquier intento de recuperar una perspectiva revolucionaria con el argumento de que “no es el momento”,de que “la gente no está preparada”,de que “hay que ser realistas”.
🔸Pero el “realismo” que proponen no es otra cosa que resignación organizada.
Frente a esto,la posición comunista no puede ser ambigua.
No puede adaptarse al clima de época ni diluirse en alianzas que desdibujan su contenido.
Porque el comunismo no es una marca electoral ni una identidad flexible: es una herramienta histórica para la emancipación de la clase trabajadora.
Y esa herramienta pierde su filo cuando se la convierte en un eslogan vacío.
La tarea,entonces,no es agradar ni encajar.
Es incomodar. Es interpelar.
Es señalar con claridad dónde está el problema y quiénes lo sostienen.
Es romper con la confusión deliberada que convierte a los oprimidos en defensores del sistema que los oprime.
Porque entre el fanatismo y la confusión ideológica no hay neutralidad posible.
O se está del lado de la transformación real de la sociedad,o se es parte —consciente o no— de su perpetuación.
🔸Y la historia,esa que algunos intentan domesticar,siempre termina poniendo a cada cual en su lugar.
Ⓜ️arcelo Rubéns Balboa ✍️