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jueves, 19 de octubre de 2017

✔V. I. Lenin El derecho de las naciones a la autodeterminación《Primera parte 》☭

✔V. I. Lenin El derecho de las naciones a la autodeterminación.

✔Escrito: Entre febrero y mayo de 1914. Primera publicación: En los núms. 4, 5 y 6 (abril a junio de 1914) de de la revista Prosveschenie. 

El apartado 9 del programa de los marxistas de Rusia, que trata del derecho de las naciones a la autodeterminación, ha provocado estos últimos tiempos (como ya hemos indicado en Prosveschenie) toda una campaña de los oportunistas. Tanto el liquidacionista ruso Semkovski, en el periódico petersburgués de los liquidadores, como el bundista Libman y el socialnacionalista ucranio Yurkévich en sus órganos de prensa, han arremetido contra dicho apartado, tratándolo en un tono de máximo desprecio. No cabe duda de que esta "invasión de las doce tribus" del oportunismo, dirigida contra nuestro programa marxista, guarda estrecha relación con las actuales vacilaciones nacionalistas en general. Por ello nos parece oportuno examinar detenidamente esta cuestión. Observemos tan sólo que ninguno de los oportunistas arriba citados ha aducido ni un solo argumento propio: todos se han limitado a repetir lo dicho por Rosa Luxemburgo en su largo artículo polaco de 1908-1909: La cuestión nacional y la autonomía. Los "originales" argumentos de esta autora serán los que tendremos en presentes con más frecuencia en nuestra exposición.

✔1. ¿QUE ES LA AUTODETERMINACION DE LAS NACIONES?

Es natural que esta cuestión se plantee ante todo cuando se intenta examinar de un modo marxista la llamada auodeterminación. ¿Qué debe entenderse por ella? ¿Deberemos buscar la respuesta en definiciones jurídicas, deducidas de toda clase de "conceptos generales" de derecho? ¿O bien hay que buscar la respuesta en el estudio histórico-económico de los movimientos nacionales? No es de extrañar que a los señores Semkovski, Libman y Yurkévich no se les haya pasado siquiera por las mientes plantear esta cuestión, saliendo del paso con simples risitas burlonas a costa de la "falta de claridad" del programa marxista y tal vez no sabiendo siquiera, en su simpleza, que de la autodeterminación de las naciones habla no sólo el programa ruso de 1903, sino también ls decisión del Congreso Internacional de Londres de 1896 (ya hablaremos con detenimiento de ello en su lugar). Mucho más extraño es que Rosa Luxemburgo, quien tantas declamaciones hace sobre el supuesto carácter abstracto y metafísico de dicho apartado, haya incurrido ella misma precisamente en este pecado de lo abstracto y metafísico. Precisamente Rosa Luxemburgo es quien viene a caer a cada paso en disquisiciones generales sobre la autodeterminación (hasta llegar incluso a una lucubración del todo divertida sobre el modo de conocer la voluntad de una nación), sin plantear en parte alguna de un modo claro y preciso si el quid de la cuestión está en las definiciones jurídicas o en la experiencia de los movimientos nacionales del mundo entero. El plantear con exactitud esta cuestión, inevitable para un marxista, hubiera deshecho en el acto las nueve décimas partes de los argumentos de Rosa Luxemburgo. Ni es la primera vez que surgen movimientos nacionales en Rusia ni le son inherentes a ella sola. La época del triunfo definitivo del capitalismo sobre el feudalismo estuvo ligada en todo el mundo a movimientos nacionales. La base económica de estos movimientos estriba en que, para la victoria completa de la producción mercantil, es necesario que la burguesía conquiste el mercado interior, es necesario que territorios con población de un solo idioma adquieran cohesión estatal, eliminándose cuantos obstáculos se opongan al desarrollo de ese idioma y a su consolidación en la literatura. El idioma es el medio principal de comunicación entre los hombres; la unidad de idioma y el libre desarrollo del mismo es una de las condiciones más importantes de una circulación mecantil realmente libre y amplia, correspondiente al capitalismo moderno, de una agrupación libre y amplia de la población en cada una de las diversas clases; es, por último, la condición de un estrecho nexo del mercado con todo propietario, grande o pequeño, con todo vendedor y comprador. Por ello, la tendencia de todo movimiento nacional es formar Estados nacionales, que son los que mejor cumplen estas exigencias del capitalismo contemporáneo. Impulsan a ello factores económicos de lo más profundos, y para toda la Europa Occidental, es más, para todo el mundo civilizado, el Estado nacional es por ello lo típico, lo normal en el período capitalista. Por consiguiente, si queremos entender lo que significa la autodeterminación de las naciones, sin jugar a definiciones jurídicas ni "inventar" definiciones abstractas, sino examinando las condiciones históricas y económicas de los movimientos nacionales, llegaremos inevitablemente a la conclusión siguiente: por autodeterminación de las naciones se entiende su separación estatal de las colectividades de otra nación, se entiende la formación de un Estado nacional independiente. Más abajo veremos aún otras razones por las que sería erróneo entender por derecho a la autodeterminación todo lo que no sea el derecho a una existencia estatal independiente. Pero ahora debemos detenernos a analizar cómo ha intentado Rosa Luxemburgo "deshacerse" de la inevitable conclusión sobre las profundas bases económicas en que descansan las tendencias a la formación de Estados nacionales. Rosa Luxemburgo conoce perfectamente el folleto de Kautsky: Nacionalidad e internacionalidad (suplemento de Neue Zeit, núm. 1, 1907-1908; traducido al ruso en la revista Naúchnaya Mysl, Riga, 1908). Sabe que Kautsky, después de examinar detalladamente en el apartado 4 del folleto el problema del Estado nacional, llegó a la conclusión de que Otto Bauer "subestima la fuerza de la tendencia a la creación de un Estado nacional" (pág. 23 del folleto citado). La propia Rosa Luxemburgo cita las palabras de Kautsky: "El Estado nacional es la forma de Estado que mejor corresponde a las condiciones modernas" (es decir, a las condiciones capitalistas civilizadas, progresivas en el aspecto económico, a diferencia de las condiciones medievales, precapitalistas, etc.), "es la forma en que el Estado puede cumplir con mayor facilidad sus tareas" (es decir, las tareas de un desarrollo más libre, más amplio y más rápido del capitalismo). A esto hay que añadir, además, la observación final de Kautsky, más exacta aún: los Estados de composición nacional heterogénea (los llamados Estados multinacionales a diferencia de los Estados nacionales) son " siempre Estados cuya estructura interna es, por tales a cuales razones, anormal o subdesarrollada" (atrasada). De suyo se entiende que Kautsky habla de anormalidad exclusivamente en el sentido de no corresponder a lo que está más adecuado a las exigencias del capitalismo en desarrollo. Cabe preguntar ahora cuál ha sido la actitud de Rosa Luxemburgo ante estas conclusiones históricas y económicas de Kautsky. ¿Son atinadas o erróneas? ¿Quién tiene razón: Kautsky, con su teoría histórica-económica, o Bauer, cuya teoría es, en el fondo, sicológica? ¿Qué relación guarda el indudable "oportunismo nacional" de Bauer, su defensa de una autonomía nacional cultural, sus apasionamientos nacionalistas ("la acentuación del factor nacional en ciertos puntos", como ha dicho Kautsky), su "enorme exageración del factor nacional y su completo olvido del factor internacional" (Kautsky), con su subestimación de la fuerza que entraña la tendencia a crear un Estado nacional? Rosa Luxemburgo no ha planteado siquiera este problema. No ha notado esta relación. No ha reflexionado sobre el conjunto de las concepciones teóricas de Bauer. Ni siquiera ha opuesto en el problema nacional la teoría histórico-económica a la sicológica. Se ha limitado a las siguientes observaciones contra Kautsky: "...Ese Estado nacional "más perfecto" no es sino una abstracción, fácilmente susceptible de ser desarrollada y defendida teóricamente, pero que no corresponde a la realidad" (Przéglad Socjaldemokratyczny, 1908, núm. 6, pág. 499). Y para confirmar esta declaración categórica, sigue razonando: el desarrollo de las grandes potencias capitalistas y el imperialismo hacen ilusorio el "derecho a la autodeterminación" de los pequeños pueblos. "¿Puede acaso hablarse en serio -exclama Rosa Luxemburgo- de la "autodeterminación" de los montenegrinos, búlgaros, rumanos, servios, griegos, y, en parte, incluso, de los suizos, pueblos todos que gozan de independencia formal, producto ésta de la lucha política y del juego diplomático del "concierto europeo"?" (!) (pág. 500). Lo que mejor responde a las condiciones "no es el Estado nacional, como supone Kautsky, sino el Estado de rapiña". Inserta unas cuantas decenas de cifras sobre las proporciones de las colonias que pertenecen a Inglaterra, a Francia, etc. ¡Leyendo semejantes razonamientos no puede uno menos de asombrarse de la capacidad de la autora para no distinguir las cosas! Enseñar a Kautsky, dándose importancia, que los Estados pequeños dependen de los grandes en lo económico; que los Estados burgueses luchan entre sí por el sometimiento rapaz de otras naciones; que existen el imperialismo y las colonias: todo esto son lucubraciones ridículas, infantiles, porque no tiene nada que ver con el asunto. No sólo los pequeños Estados, sino también Rusia, por ejemplo, dependen por entero, en el aspecto económico, del poderío del capital financiero imperialista de los países burgueses "ricos". No sólo los Estados balcánicos, Estados en miniatura, sino también la América del siglo XIX ha sido, en el aspecto económico, una colonia de Europa, según dejó ya dicho Marx en El Capital. Todo esto lo sabe de sobra Kautsky, como cualquier marxista, pero nada de ello viene a cuento con relación a los movimientos nacionales y al Estado nacional. Rosa Luxemburgo sustituye el problema de la autodeterminación política de las naciones en la sociedad burguesa, de su independencia estatal, con el de su autodeterminación e independencia económicas. Esto es tan inteligente como exponer una persona, al tratar de la reivindicación programática que exige la supremacia del parlamento, es decir, de la asamblea de representantes populares, en el Estado burgués, su convicción, plenamente justa, de que, en un país burgués, el gran capital tiene la supremacía bajo cualquier régimen. No cabe duda de que la mayor parte de Asia, el continente más poblado del mundo, se halla en la situación de colonias de las "grandes potencias" o de Estados dependientes en grado sumo y oprimidos en el sentido nacional. Pero ¿acaso esta circunstancia de todos conocida altera en lo más mínimo el hecho indiscutible de que, en la misma Asia, sólo en el Japón, es decir, sólo en un Estado nacional independiente, se han creado condiciones para el desarrollo más completo de la producción mercantil, para el crecimiento más libre, amplio y rápido del capitalismo? Este Estado es burgués y, por ello, ha empezado a oprimir él mismo a otras naciones y sojuzgar a colonias; no sabemos si, antes de la bancarrota del capitalismo, Asia tendrá tiempo de estructurarse en un sistema de Estados nacionales independientes, a semejanza de Europa. Pero queda como un hecho indiscutible que el capitalismo, tras despertar a Asia, ha provocado también allí en todas partes movimientos nacionales, que estos movimientos tienden a crear en Asia Estados nacionales y que precisamente tales Estados son los que aseguran las condiciones más favorables para el desrrollo del capitalismo: El ejemplo de Asia habla a favor de Kautsky, contra Rosa Luxemburgo. El ejemplo de los Estados balcánicos habla también contra ella, porque cualquiera puede ver ahora que precisamente a medida que se crean en esa península Estados nacionales independientes se va dando las condiciones más favorables para el desarrollo del capitalismo en ella. Por consiguiente, el ejemplo de toda la humanidad civilizada de vanguardia, el ejemplo de los Balcanes y el ejemplo de Asia demuestran, a pesar de Rosa Luxemburgo, la absoluta justedad de la tesis de Kautsky: el Estado nacional es regla y "norma" del capitalismo, el Estado de composición nacional heterogénea es atraso o excepción. Desde el punto de vista de las relaciones nacionales, el Estado nacional es el que ofrece, sin duda alguna, las condiciones más favorables para el desarrollo del capitalismo. Lo cual no quiere decir, naturalmente, que semejante Estado, erigido sobre las relaciones burguesas, pueda excluir la explotación y la opresión de las naciones. Quiere decir tan solo que los marxistas no pueden perder de vista los poderosos factores económicos que originan las tendencias a crear Estados nacionales. Quiere decir que "la autodeterminación de las naciones", en el programa de los marxistas, no puede tener, desde el punto de vista histórico-económico, otra significación que la autodeterminación política, la independencia estatal, la formación de un Estado nacional. Más abajo hablaremos detalladamente de las condiciones que se exigen, desde el punto de vista marxista, es decir, desde el punto de vista proletario de clase, para apoyar la reivindicación democrática burguesa del "Estado nacional". Ahora nos limitamos a definir el concepto de "autodeterminación", y sólo debemos señalar que Rosa Luxemburgo conoce el contenido de este concepto ("Estado nacional"), mientras que sus partidarios oportunistas, los Libman, los Semkovski, los Yurkévich ¡no saben ni eso!

✔2. PLANTEAMIENTO HISTORICO CONCRETO DE LA CUESTIÓN 

La teoría marxista exige de un modo absoluto que, para analizar cualquier problema social, se le encuadre en un marco histórico determinado, y después, si se trata de un solo país (por ejemplo, de un programa nacional para un país determinado), que se tenga en cuenta las particularidades concretas que distinguen a este país de los otros en una misma época histórica. ¿Qué implica este requisito absoluto del marxismo aplicado a nuestro problema? Ante todo, que es necesario distinguir estrictamente dos épocas del capitalismo diferentes por completo desde el punto de vista de los movimientos nacionales. Por una parte, es la época de la bancarrota del feudalismo y del absolutismo, la época en que se constituyen la sociedad democrática burguesa y su Estado, la época en que los movimientos nacionales adquieren por vez primera el carácter de movimientos de masas, incorporando de uno u otro modo a todas las clases de la población a la política por medio de la prensa, de su participación en instituciones representativas, etc. Por otra parte, presenciamos una época en que los Estados capitalistas tienen ya su estructura acabada, un régimen constitucional hace mucho tiempo establecido y un antagonismo muy desarrollado entre el proletariado y la burguesía; presenciamos una época que puede llamarse víspera del hundimiento del capitalismo. Lo típico de la primera época es el despertar de los movimientos nacionales y la incorporación a ellos de los campesinos, que son el sector de la población más numeroso y más "difícil de mover" para la lucha por la libertad política en general y por los derechos de la nación en particular. Lo típico de la segunda es la ausencia de movimientos democráticos burgueses de masas, cuando el capitalismo desarrollado, al aproximar y amalgamar cada día más las naciones, ya plenamente incorporadas al intercambio comercial, pone en primer plano el antagonismo entre el capital fundido a escala internacional y el movimiento obrero internacional. Claro que ni la una ni la otra época están separadas entre sí por una muralla, sino ligadas por numerosos eslabones de transición; además, los diversos países se distinguen por la rapidez del desarrollo nacional, por la composición nacional de su población, por su distribución etc., etc. No puede ni hablarse de que los marxistas de un país determinado procedan a elaborar el programa nacional sin tener en cuenta todas las condiciones históricas generales y estatales concretas. Aquí es justamente donde tropezamos con el punto más débil de los razonamientos de Rosa Luxemburgo. Rosa Luxemburgo engalana con brío extraordinario su artículo de una retahíla de palabrejas "fuertes" contra el apartado 9 de nuestro programa, declarándolo "demasiado general", "clisé", "frase metafísica", etc., etc. Era natural esperar que una autora que condena de manera tan excelente la metafísica (en sentido marxista, es decir, la antidialéctica) y las abstracciones vacías, nos diera ejemplo de un análisis concreto del problema encuadrado en la historia. Se trata del programa nacional de los marxistas de un país detrminado, Rusia, en una época determinada, a comienzos del siglo XX. Era de suponer que Rosa Luxemburgo hablase de la época histórica por la que atraviesa Rusia, de cuáles son las particularidades concretas del problema nacional y de los movimientos nacionales del país dado y en la época dada. ¡Absolutamente nada dice sobre ello Rosa Luxemburgo! ¡No se encontrará en ella ni sombra de análisis de cómo se plantea el problema nacional en Rusia en la época histórica presente, de cuáles son las particularidades de Rusia en ese sentido! Se nos dice que el problema nacional se plantea en los Balcanes de un modo distinto que en Irlanda; que Marx conceptuaba así y asá los movimientos nacionales polaco y checo en las condiciones concretas de 1848 (una página de citas de Marx); que Engels emitía tal y cual juicio sobre la lucha de los cantones forestales de Suiza contra Austria y la batalla de Morgarten, que se riñó en 1315 (una página de citas de Engels con el correspondiente comentario de Kautsky); que Lassalle consideraba reaccionaria la guerra campesina del siglo XVI en Alemania, etc. No puede afirmarse que estas observaciones y estas citas brillen por su novedad, pero, en todo caso, al lector le resulta interesante volver a recordar una y otra vez cómo precisamente abordaban Marx, Engels y Lasalle el análisis de problemas históricos concretos de diversos países. Y, al releer las instructivas citas de Marx y de Engels, se ve con singular evidencia la ridícula situación en que se ha colocado a sí misma Rosa Luxemburgo. Predica con gravedad y elocuencia que es necesario hacer un análisis concreto del problema nacional encuadrado en la historia de épocas diferentes de distintos países, y ella misma no hace el mínimo intento de determinar cuál es la fase histórica de desarrollo del capitalismo, por la que atraviesa Rusia en los comienzos del siglo XX, cuáles son las peculiaridades del problema nacionla en este país. Rosa Luxemburgo aduce ejemplos de cómo otros han analizado al modo marxista el problema, como subrayando así deliberadamente cuán a menudo está el camino del infierno empedrado de buenas intenciones y se encubre con buenos consejos el no querer o no saber utilizarlos en la práctica. He aquí una de las instructivas confrontaciones. Alzándose contra la consigna de independencia de Polonia, Rosa Luxemburgo se refiere a un trabajo suyo de 1898 que demostraba el rápido "desarrollo industrial de Polonia" con la salida de los productos manufacturados a Rusia. Ni que decir tiene que de esto no se deduce absolutamente nada sobre el problema del derecho a la autodeterminación, que esto sólo demuestra que ha desaparecido la vieja Polonia señorial, etc. Pero Rosa Luxemburgo pasa de manera imperceptible y sin cesar a la conclusión de que, entre los factores que ligan a Rusia con Polonia, predominan ya en la actualidad los factores económicos escuetos de las relaciones capitalistas modernas. Pero he aquí que nuestra Rosa pasa al problema de la autonomía y -aunque su artículo se titula "El problema nacional y la autonomía" en general-, comienza por demostrar que el reino de Polonia tiene un derecho exclusivo a la autonomía (véase sobre este punto Prosveschenie, 1913, núm. 12). Para corroborar el derecho de Polonia a la autonomía, Rosa Luxemburgo caracteriza el régimen estatal de Rusia por indicios evidentemente económicos, políticos, etnológicos y sociológicos, por un conjunto de rasgos que, en suma, dan el concepto de "despotismo asiático" (núm. 12 de Przeglad, pág. 137). De todos es sabido que semejante régimen estatal tiene una solidez muy grande cuando, en la economía del país de que se trate, predominan rasgos absolutamente patriarcales, precapitalistas, y un desarrollo insignificante de la economía mercantil y de la disociación de las clases. Pero si en un país, cuyo régimen estatal se distingue por presentar un carácter acusadamente precapitalista, existe una región nacional delimitada que lleva un rápido desarrollo del capitalismo, resulta que cuanto más rápido sea ese desarrollo capitalista tanto más fuerte será la contradicción entre este desarrollo y el régimen estatal precapitalista, tanto más probable será que la región avanzada se separe del resto del país, al que no la ligan los lazos de "capitalismo moderno", sino los de un "despotismo asiático". Así pues, Rosa Luxemburgo no ha atado en absoluto cabos, ni siquiera en lo que se refiere a la estructura social del poder en Rusia con relación a la Polonia burguesa; y en cuanto a las peculiaridades históricas concretas de los movimientos nacionales en Rusia, ni siquiera las plantea. En eso es en lo que debemos detenernos.

✔3. LAS PECULIARIDADES CONCRETAS DEL PROBLEMA NACIONAL EN RUSIA Y LA TRANSFORMACION DEMOCRATICA BURGUESA DE ESTA

"...A pesar de lo elástico que es el principio del "derecho de las naciones a la autudeterminación", que es el más puro de los lugares comunes, ya que, evidentemente, se puede aplicar por igual no sólo a los pueblos que habitan Rusia, sino también a las naciones que viven en Alemania y en Austria, en Suiza y en Suecia, en América y en Australia, no lo encontramos ni en un solo programa de los partidos socialistas contemporáneos..." (núm. 6 de Przeglad, pág. 483). Así escribe Rosa Luxemburgo en el comienzo de su cruzada contra el apartado 9 del programa marxista. Atribuyéndonos a nosotros la interpretación de que este apartado del programa es "el más puro de los lugares comunes", Rosa Luxemburgo misma incurre precisamente en este pecado, al declarar con divertida osadía que, "evidentemente, este principio se puede aplicar por igual" a Rusia, Alemania, etc. Lo evidente -contestaremos nosotros- es que Rosa Luxemburgo ha decidido ofrecer en su artículo una colección de errores lógicos que servirían como ejercicios para los estudiantes de bachillerato. Porque la parrafada de Rosa Luxemburgo es un completo absurdo y una mofa del planteamiento histórico concreto de la cuestión. Si el programa marxista no se interpreta de manera pueril, sino marxista, no cuesta ningún trabajo percatarse de que se refiere a los movimientos nacionales democráticos burgueses. Siendo así -y es así, sin duda alguna-, se deduce "evidentemente que ese programa concierne "en general", como "lugar común", etc., a todos los casos de movimientos nacionales democráticos burgueses. No menos evidente sería también para Rosa Luxemburgo, de haberlo pensado lo más mínimo, la conclusión de que nuestro programa se refiere tan sólo a los casos en que existe tal movimiento. Si Rosa Luxemburgo hubiera reflexionado sobre estas consideraciones evidentes, habría visto sin esfuerzos particulares qué absurdo ha dicho. Al acusarnos a nosotros de haber propuesto un "lugar común", aduce contra nosotros el argumento de que no se habla de autodeterminación de las naciones en el programa de los países donde no hay movimientos nacionales democráticos burgueses. ¡Un argumento muy inteligente! La comparación del desarrollo político y económico de distintos países, así como de sus programas marxistas, tiene inmensa importancia desde el punto de vista del marxismo, pues son indudables tanto la naturaleza común capitalista de los Estados contemporáneos como la ley general de su desarrollo. Pero hay que saber hacer semejante comparación. La condición elemental para ello es poner en claro si son comparables las épocas históricas del desarrollo de los países de que se trate. Por ejemplo, sólo perfectos ignorantes (como el príncipe E. Trubetskói en Rússkaya Mysl) pueden "comparar" el programa agrario de los marxistas de Rusia con los de Europa Occidental, pues nuestro programa da una solución al problema de la transformación agraria democrática burguesa, de la cual ni siquiera se habla en los países de Occidente. Lo mismo puede afirmarse del problema nacional. En la mayoría de los países occidentales hace ya mucho tiempo que está resuelto. Es ridículo buscar en los programas de Occidente solución a problemas que no existen. Rosa Luxemburgo ha perdido de vista aquí precisamente lo que tiene más importancia: la diferencia entre los países que hace tiempo han terminado las transformaciones democráticas burguesas y los países que no las han terminado. Todo el quid está en esa diferencia. La desestimación completa de esa diferencia es lo que convierte el larguísimo artículo de Rosa Luxemburgo en un fárrago de lugares comunes vacíos que no dicen nada. En la Europa continental, de Occidente, la época de las revoluciones democráticas burguesas abarca un lapso bastante determinado, aproximadamente de 1789 a 1871. Esta fue precisamente la época de los movimientos nacionales y de la creación de los Estados nacionales. Terminada esta época, Europa Occidental había cristalizado en un sistema de Estados burgueses que, además, eran, como norma, Estados unidos en el aspecto nacional. Por eso, buscar ahora el derecho de autodeterminación en los programas de los socialistas de Europa Occidental significa no comprender el abecé del marxismo. En Europa Oriental y en Asia, la época de las revoluciones democráticas burguesas no comenzó hasta 1905. Las revoluciones de Rusia, Persia, Turquía y China, las guerras en los Balcanes: tal es la cadena de los acontecimientos mundiales ocurridos en nuestra época en nuestro "Oriente". Y en esta cadena de acontecimientos sólo un ciego puede no ver el despertar de toda una serie de movimientos nacionales democráticos burgueses, de tendencias a crear Estados independientes y unidos en le aspecto nacional. Precisa y exclusivamente porque Rusia y los países vecinos suyos atraviesan por esa época necesitamos nosotros en nuestro programa un apartado sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación. Pero veamos unos cuantos renglones más del pasaje antes citado del artículo de Rosa Luxemburgo: "...En particular -dice-, el programa de un partido que actúa en un Estado de composición nacional extraordinariamente heterogénea y para el que el problema nacional desempeña un papel de primer orden -el programa de la socialdemocracia austríaca- no contiene el principio del derecho de las naciones a la autodeterminación". (Lugar cit.). De modo que se quiere persuadir al lector "en particular" con el ejemplo de Austria. Veamos, desde el punto de vista histórico concreto, si hay mucho de razonable en este ejemplo. Primero, hacemos la pregunta fundamental de si se ha llevado a término la revolución democrática burguesa. En Austria empezó en 1848 y terminó en 1867. Desde entonces hace casi medio siglo que rige allí una Constitución, en suma, burguesa, que permite actuar en la legalidad a un partido obrero legal. Por eso, en las condiciones interiores del desarrollo de Austria (es decir, desde el punto de vista del desarrollo del capitalismo en Austria, en general, y en sus diversas naciones, en particular) no hay factores que den lugar a saltos, uno de cuyos efectos concomitantes puede ser la formación de Estados nacionales independientes. Al suponer con su comparación que Rusia se encuentra, sobre este punto, en condiciones análogas, Rosa Luxemburgo no sólo admite una hipótesis falsa por completo, antihistórica, sino que se desliza sin querer hacia el liquidacionismo. Segundo, tiene una importancia de singular magnitud la proporción entre las naciones, totalmente diferente en Austria y en Rusia respecto al problema que nos ocupa. No sólo ha sido Austria, durante largo tiempo, un Estado en que predominaban los alemanes, sino que los alemanes de Austria pretendían la hegemonía en la nación alemana en general. Esta "pretensión", como quizá tenga a bien recordar Rosa Luxemburgo (que tanta aversión parece sentir contra los lugares comunes, los clisés, las abstracciones...), la deshizo la guerra de 1866. La nación dominante en Austria, la alemana, quedó fuera de los confines del Estado alemán independiente, definitivamente formado hacia 1871. De otro lado, el intento de los húngaros de crear un Estado nacional independiente había fracasado ya en 1849 bajo los golpes del ejército feudal ruso. Así pues, se ha creado una situación peculiar en grado sumo: ¡los húngaros, y tras ellos los checos, no tienden a separarse de Austria, sino a mantener la integridad de Austria, precisamente en beneficio de la independencia nacional, que podría ser aplastada del todo por vecinos más rapaces y más fuertes! En virtud de esa situación peculiar, Austria ha tomado la estructura de Estado bicéntrico (dual) y ahora se está convirtiendo en tricéntrico (tríplice:alemanes, húngaros y eslavos). ¿Sucede en rusia algo parecido? ¿Aspiran en Rusia los "alógenos" a unirse con los rusos bajo la amenaza de una opresión nacional peor? Basta hacer esta pregunta para ver cuán absurda, rutinaria y propia de ignorantes resulta la comparación entre Rusia y Austria en cuanto a la autodeterminación de las naciones. Las condiciones peculiares de Rusia, en lo que toca a la cuestión nacional, son precisamente lo contrario de lo que hemos visto en Austria. Rusia es un Estado con un centro nacional único, ruso. Los rusos ocupan un gigantesco territorio compacto, y su número asciende aproximadamente a 70 millones. La peculiaridad de este Estado nacional reside, primero, en que los "alógenos" (que en conjunto constituyen la mayoría de la población, el 57%) pueblan precisamente la periferia; segundo, en el hecho de que la opresión de estos alógenos es mucho más fuerte que en los países vecinos (incluso no tan sólo en los europeos); tercero, en que hay toda una serie de casos en que los pueblos oprimidos que viven en la periferia tienen compatriotas al otro lado de la frontera, y estos últimos gozan de mayor independencia nacional (basta recordar, aunque sólo sea en las fronteras occidental y meridional del Estado, a finlandeses, suecos, polacos, ucranios y rumanos); cuarto, en que el desarrollo del capitalismo y el nivel general de cultura son con frecuencia más altos en la periferia alógena que en el centro del Estado. Por último, precisamente en los Estados asiáticos vecinos presenciamos el comienzo de un período de revoluciones burguesas y de movimientos nacionales que comprenden en parte a los pueblos afines dentro de las fronteras de Rusia. Así pues, son precisamente las peculiaridades históricas concretas del problema nacional en Rusia las que hacen entre nosotros urgente en especial el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación en la época que atravesamos. Por lo demás, incluso vista en el sentido del hecho escueto, es errónea la afirmación de Rosa Luxemburgo de que en el programa de los socialdemócratas austríacos no figura el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. Basta abrir las actas del Congreso de Brünn, en el que se aprobó el programa nacional, para ver allí las declaraciones del socialdemócrata ruteno Gankévich, en nombre de toda la delegación ucrania (rutena) (pág. 85 de las actas), y del socialdemócrata polaco Reger, en nombre de toda la delegación polaca (pág. 108), diciendo que los socialdemócratas austríacos de las dos naciones indicadas incluían entre sus aspiraciones la de la unificación nacional, de la libertad e independencia de sus pueblos. Por consiguiente, la socialdemocracia austríaca, sin propugnar directamente en su programa el derecho de las naciones a la autodeterminación, transige plenamente, al mismo tiempo, con que ciertos sectores del partido presenten reivindicaciones de independencia nacional. ¡De hecho, esto justamente significa, como es natural, reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación! De modo que la apelación de Rosa Luxemburgo a Austria habla en todos los sentidos contra ella.

✔4. EL "PRACTICISMO" EN EL PROBLEMA NACIONAL

Los oportunistas han hecho suyo con celo singular el argumento de Rosa Luxemburgo de que el apartado 9 de nuestro programa no contiene nada "práctico". Rosa Luxemburgo está tan entusiasmada con este argumento que encontramos en algunas ocasiones ocho veces repetida esa "consigna" en una misma página de su artículo. El apartado 9 "no da -dice ella- ninguna indicación práctica para la política cotidiana del proletariado, ninguna solución práctica de los problemas nacionales". Analicemos este argumento, que también se formula de manera que el apartado 9 o no expresa absolutamente nada u obliga a apoyar todas las aspiraciones nacionales. ¿Qué significa la reivindicación de "practicismo" en el problema nacional? O un apoyo a todas las aspiraciones nacionales, o el "sí o no" a la disyuntiva de separación de cada nación o, en general, la "posibilidad de satisfacción" inmediata de las reivindicaciones nacionales. Examinemos estas tres interpretaciones posibles de las reivindicación de "practicismo". La burguesía, que actúa, como es natural, en los comienzos de todo movimiento nacional como fuerza hegemónica (dirigente) del mismo, llama labor práctica al apoyo a todas las aspiraciones nacionales. Pero la política del proletariado en el problema nacional (como en los demás problemas) sólo apoya a la burguesía en una dirección determinada, pero nunca coincide con su política. La clase obrera sólo apoya a la burguesía en aras de las paz nacional (que la burguesía no puede dar plenamente y es viable sólo si hay una completa democratización), en beneficio de la igualdad de derechos, en beneficio de la situación más favorable posible para la lucha de clases. Por eso, precisamente contra el practicismo de la burguesía, los proletarios propugnan una política de principios en el problema nacional, prestando a la burguesía siempre un apoyo sólo condicional. En el problema nacional, toda burguesía desea o privilegios para su nación o ventajas exclusivas para ésta; precisamente eso es lo que se llama "práctico". El proletariado está en contra de toda clase de privilegios, en contra de toso exclusivismo. Exigirle "practicismo" significa ir a remolque de la burguesía, caer en el oportunismo. ¿Contestar "sí o no" en lo que se refiere a la separación de cada nación? Parece una reivindicación sumamente "práctica". Pero, en realidad, es absurda, metafísica en teoría y conducente a subordinar el proletariado a la política de la burguesía en la práctica. La burguesía plantea siempre en primer plano sus reivindicaciones nacionales. Y las plantea de un modo incondicional. El proletariado las subordina a los intereses de la lucha de clases. Teóricamente no puede garantizarse de antemano que la separación de una nación determinada o su igualdad de derechos con otra nación ponga término a la revolución democrática burguesa. Al proletariado le importa, en ambos casos, garantizar el desarrollo de su clase; a la burguesía le importa dificultar este desarrollo, supeditando las tareas de dicho desarrollo a las tareas de "su" nación. Por eso el proletariado se limita a la reivindicación negativa, por así decir, de reconocer el derecho a la autodeterminación, sin garantizar nada a ninguna nación ni comprometerse a dar nada a expensas de otra nación. Eso no será "práctico", pero es de hecho lo que garantiza con mayor seguridad la más democrática de las soluciones posibles; el proletariado necesita tan sólo estas garantías, mientras que la burguesía de cada nación necesita garantías de sus ventajas, sin tener en cuenta la situación (las posibles desventajas) de otras naciones. Lo que más interesa a la burguesía es la "posibilidad de satisfacción" de la reivindicación dada; de aquí la eterna política de transacciones con la burguesía de otras naciones en detrimento del proletariado. En cambio, al proletariado le importa fortalecer su clase contra la burguesía, educar a las masas en el espíritu de la democracia consecuente y del socialismo. Eso no será "práctico" para los oportunistas, pero es la única garantía real, la garantía de la máxima igualdad y paz nacionales, a despecho tanto de los feudales como de la burguesía nacionalista. Toda la misión de los proletarios en la cuestión nacional "no es práctica", desde el punto de vista de la burguesía nacionalista de cada nación, pues los proletarios, enemigos de todo nacionalismo, exigen la igualdad "abstracta", la ausencia del mínimo privilegio en principio. Al no comprenderlo y ensalzar de un modo poco razonable el practicismo, Rosa Luxemburgo ha abierto las puertas de par en par precisamente a los oportunistas, en particular a las concesiones del oportunismo al nacionalismo ruso. ¿Por qué al ruso? Porque los rusos son en Rusia la nación opresora, y en el aspecto nacional, naturalmente, el oportunismo tendrá una expresión entre las naciones oprimidas y otra, distinta, entre las opresoras. En aras del "practicismo" de sus reivindicaciones, la burguesía de las naciones oprimidas llamará al proletariado a apoyar incondicionalmente sus aspiraciones. ¡Lo más práctico es decir un "sí" categórico a la separación de tal o cual nación, y no al derecho de todas las naciones, cualesquiera que sean, a la separación! El proletariado se opone a semejante practicismo: al reconocer la igualdad de derechos y el derecho igual a formar un Estado nacional, aprecia y coloca por encima de todo la unión de los proletarios de todas las naciones, evalúa toda reivindicación nacional y toda separación nacional con la mira puesta en la lucha de clase de los obreros. La consigna de practicismo no es, en realidad, sino la de adoptar sin crítica las aspiraciones burguesas. Se nos dice: apoyando el derecho a la separación, apoyáis el nacionalismo burgués de las naciones oprimidas. ¡Esto es lo que dice Rosa Luxemburgo y lo que tras ella repite el oportunista Semkovski, único representante, por cierto, de las ideas de los liquidadores sobre este problema en el periódico de los liquidadores! Nosotros contestamos: no, precisamente a la burguesía es a quien le importa aquí una solución "práctica", mientras que a los obreros les importa la separación en principio de dos tendencias. Por cuanto la burguesía de una nación oprimida lucha contra la opresora, nosotros estamos siempre, en todos los casos y con más decisión que nadie, a favor, ya que somos los enemigos más intrépidos y consecuentes de la opresión. Por cuanto la burguesía de la nación oprimida está a favor de su nacionalismo burgués, nosotros estamos en contra. Lucha contra los priviliegios y violencias de la nación opresora y ninguna tolerancia con el afán de privilegios de la nación oprimida. Si no lanzamos ni propugnamos en la agitación la consigna del derecho a la separación, favorecemos no sólo a la burguesía, sino a los feudales y el absolutismo de la nación opresora. Hace tiempo que Kautsky empleó este argumento contra Rosa Luxemburgo, y el argumento es irrefutable. En su temor de "ayudar" a la burguesía nacionalista de Polonia, Rosa Luxemburgo niega el derecho a la separación en el programa de los marxistas de Rusia, y a quien ayuda, en realidad, es a los rusos ultrarreaccionarios. Ayuda, en realidad, al conformismo oportunista con los privilegios (y con cosas peores que los privilegios) de los rusos. Llevada de la lucha contra el nacionalismo en Polonia, Rosa Luxemburgo ha olvidado el nacionalismo de los rusos, aunque precisamente este nacionalismo es ahora el más temible; es precisamente un nacionalismo menos burgués, pero más feudal; es precisamente el mayor freno para la democracia y la lucha proletaria. En todo nacionalismo burgués de una nación oprimida hay un contenido democrático general contra la opresión, y a este contenido le prestamos un apoyo incondicional, apartando rigurosamente la tendencia al exclusivismo nacional, luchando contra la tendencia del burgués polaco a oprimir al hebreo, etc., etc. Esto "no es práctico", desde el punto de vista del burgués y del filisteo. Pero es la única política práctica y adicta a los principios en el problema nacional, la única que ayuda de verdad a la democracia, al libertad y a la unión proletaria. Reconocer el derecho a la separación para todos; apreciar cada cuestión concreta sobre la separación desde un punto de vista que elimine toda desigualdad de derechos, todo privilegio, todo exclusivismo. Tomemos la posición de la nación opresora. ¿Puede acaso ser libre un pueblo que oprime a otros pueblos? No. Los intereses de la libertad de la población[1] rusa exigen que se luche contra tal opresión. La larga historia, la secular historia de represión de los movimientos de las naciones oprimidas, la propaganda sistemática de esta represión por parte de las "altas" clases han creado enormes obstáculos a la causa de la libertad del mismo pueblo ruso en sus prejuicios, etc. Los ultrarreaccionarios rusos apoyan conscientemente estos prejuicios y los atizan. La burguesía rusa transige con ellos o se amolda a ellos. El proletariado ruso no puede alcanzar sus fines, no puede desbrozar para sí el camino hacia la libertad sin luchar sistemáticamente contra estos prejuicios. Formar un Estado nacional autónomo e independiente sigue siendo por ahora, en Rusia, tan sólo privilegio de la nación rusa. Nosotros, los proletarios rusos, no defendemos privilegios de ningún género y tampoco defendemos este privilegio. Luchamos sobre el terreno de un Estado determinado, unificamos a los obreros de todas las naciones de este Estado, no podemos garantizar tal o cual vía de desarrollo nacional, vamos a nuestro objetivo de clase por todas las vías posibles. Pero no se puede ir hacia este objetivo sin luchar contra todos los nacionalismos y sin propugnar la igualdad de todas las naciones. Así, por ejemplo, depende de mil factores, desconocidos de antemano, si a Ucrania le cabrá en suerte formar un Estado independiente. Y, como no queremos hacer "conjeturas" vanas, estamos firmemente por lo que es indudable: el derecho de Ucrania a semejante Estado. Respetamos este derecho, no apoyamos los privilegios del ruso sobre los ucranios, educamos a las masas en el espíritu del reconocimiento de este derecho, en el espíritu de la negación de los privilegios estatales de cualquier nación. En los saltos por los que han atravesado todos los países en la época de las revoluciones burguesas son posibles y probables los choques y la lucha por el derecho a un Estado nacional. Nosotros, proletarios, nos declaramos de antemano adversarios de los privilegios de los rusos, y en esta dirección desarrollamos toda nuestra propaganda y nuestra agitación. En el afán de "practicismo", Rosa Luxemburgo ha perdido de vista la tarea práctica principal, tanto del proletariado ruso como del proletariado de toda otra nación: la tarea de la agitación y propaganda cotidianas contra toda clase de privilegios nacionales de tipo estatal, por el derecho, derecho igual de todas las naciones, a tener su Estado nacional; esta tarea es (ahora) nuestra principal tarea en el problema nacional, porque sólo así defendemos los intereses de la democracia y de la unión, basada en la igualdad de derechos de todos los proletarios de todas las naciones. Poco importa que esta propaganda "no sea práctica" tanto desde el punto de vista de los opresores rusos como desde el punto de vista de la burguesía de las naciones oprimidas (unos y otros exigen un sí o no determinado, acusando a los socialdemócratas de "vaguedad"); en la práctica, precisamente esta propaganda, y sólo ella, asegura una edicación de las masas verdaderamente democrática y verdaderamente socialista. Sólo una propaganda tal garantiza también las mayores probabilidades de paz nacional en Rusia, si sigue siendo un Estado de composición nacional heterogénea, y la división más pacífica (e innocua para la lucha de clase proletaria) en diversos Estados nacionales, si se plantea el problema de semejante división. Para explicar de un modo más concreto esta política, la única proletaria en el problema nacional, analicemos la actitud del liberalismo ruso ante la "autodeterminación de las naciones" y el ejemplo de la separación de Noruega de Suecia.

✔5. LA BURGUESIA LIBERAL Y LOS OPORTUNISTAS SOCIALISTAS EN EL PROBLEMA NACIONAL

Hemos visto que Rosa Luxemburgo tiene por uno de sus principales "triunfos", en la lucha contra el programa de los marxistas de Rusia, el argumento siguente: reconocer el derecho a la autodeterminación equivale a apoyar el nacionalismo burgués de las naciones oprimidas. Por otra parte, dice Rosa Luxemburgo, si por tal derecho se entiende únicamente la lucha contra cualquier violencia en lo que se refiere a las naciones, no hace falta un punto especial en el programa, porque la socialdemocracia en general se opone a toda viiolencia nacional y a toda desigualdad de derechos nacionales. El primer argumento, según demostró de un modo irrefutable Kautsky hace ya casi veinte años, hace pagar la culpa del nacionalismo a justos por pecadores porque ¡resulta que, temiendo el nacionalismo de la burguesía de las naciones oprimidas, Rosa Luxemburgo favorece, en realidad, el nacionalismo ultrarreaccionario de los rusos! El segundo argumento es, en el fondo, un temeroso esquivar el problema: reconocer la igualdad nacional, ¿supone o no reconocer el derecho a la separación? Si lo supone, Rosa Luxemburgo admite que es justo por principio el apartado 9 de nuestro programa. Si no lo supone, no reconoce la igualdad nacional. ¡Nada puede hacerse en este caso con subterfugios y evasivas! Pero la mejor manera de comprobar los argumentos arriba indicados, así como todos los argumentos de esta índole, consiste en estudiar la actitud de las diferentes clases de la sociedad ante el problema. Para un marxista, semejante comprobación es obligatoria. Hay que partir de lo objetivo, hay que tomar las relaciones recíprocas de las diversas clases en el punto de que se trata. Al no hacerlo, Rosa Luxemburgo incurre precisamente en el pecado de lo metafísico, de lo abstracto, del lugar común, de las generalidades, etc., del que en vano trata de acusar a sus adversarios. Se trata del programa de los marxistas de Rusia, es decir, de los marxistas de todas las naciones de Rusia. ¿No convendría echar una ojeda a la posición de las clases dominantes de Rusia? Es conocida de todos la posición de la "burocracia" (perdónesenos este término inexacto) y de los terratenientes feudales del tipo de la nobleza unificada. Negación absoluta tanto de la igualdad de derechos de las naciones como del derecho a la autodeterminación. La vieja consigna, tomada de los tiempos del régimen de servidumbre: autocracia, religión ortodoxa, nación, con la partcularidad de que por esta última tan sólo se entiende la nación rusa. Incluso los ucranios son declarados "alógenos", incluso su lengua materna es perseguida. Veamos a la burguesía de Rusia, "llamada" a tomar parte -una parte muy modesta, es verdad, pero, al fin y al cabo, parte- en el poder, en el sistema legislativo y administrativo "del 3 de junio". No se necesitan muchas palabras para demostrar que en este problema los octubristas siguen, en realidad, a las derechas. Es de lamentar que algunos marxistas concedan mucha menos atención a la posición de la burguesía liberal rusa, de los progresistas y demócratas constitucionalistas. Y, sin embargo, quien no estudie esta posición y no reflexione sobre ella incurrirá inevitablemente en el pecado de lo abstracto y de lo vacío al analizar el derecho de las naciones a la autodeterminación. El año pasado, la polémica entre Pravda y Riech obligó a este órgano principal del Partido Demócrata Constitucionalista, tan hábil en la evasiva diplomática ante la contestación franca a preguntas "desagradables", a hacer, sin embargo, algunas confesiones valiosas. Se armó el barullo en torno al Congreso estudiantil de toda Ucrania, celebrado en Lvov en el verano de 1913. El jurado "perito en cuestiones de Ucrania" o colaborador ucranio de Riech, señor Moguilianski, publicó un artículo en el que cubría de las más selectas injurias ("delirio", "aventurerismo", etc.) la idea de la separación de Ucrania, idea propugnada por el socialnacionalista Dontsov y aprobada por el mencionado congreso. El periódico Rabóchaya Pravda, sin solidarizarse para nada con el señor Dontsov e indicando claramente que este señor era un socialnacionalista y que muchos marxistas ucranios discrepaban de él, declaró, sin embargo, que el tono de Riech, o mejor dicho: el planteamiento en principio de la cuestión por Riech es absolutamente indecoroso, inadmisible en un demócrata ruso o en una persona que quiere pasar por demócrata. Que Riech refute directamente a los señores Dontsov, pero, en principio, es inadmisible que el órgano ruso de una pretendida democracia olvide la libertad de separación, el derecho a la separación. Unos meses más tarde publicó el señor Moguilianski en el número 331 de Riech unas "explicaciones", enterado, por el periódico ucranio Shliaji, de Lvov, de las objeciones del señor Dontsov, quien, por cierto, observó que "sólo la prensa socialdemócrata rusa había manchado (¿estigmatizado?) en forma debida la diatriba patriotera de Riech". Las "explicaciones" del señor Mogulianski consistieron en repetir por tres veces: "la crítica de las recetas del señor Dontsov" "no tiene nada de común con la negación del derecho de las naciones a la autodeterminación". "Hay que decir -escribía el señor Moguilianski- que tampoco "el derecho de las naciones a la autodeterminación" es una especie de fetiche (¡¡escuchen!!) que no admite ninguna crítica: condiciones de vida malsanas en una nación pueden engendrar tendencias malsanas en la autodeterminación nacional, y poner al descubierto estas últimas no significa aún negar el derecho de las naciones a la autodeterminación". Como ven, las frases de un liberal sobre lo del "fetiche" estaban plenamente a tono con las frases de Rosa Luxemburgo. Era evidente que el señor Moguilinski deseaba rehuir el dar una respuesta directa a la pregunta: ¿reconoce o no el derecho a la autodeterminación política, es decir, a la separación? Y Proletárskaya Pravda (núm. 4 del 11 de diciembre de 1913) hizo a boca de jarro esta pregunta tanto al señor Moguilianski como al Partido Demócrata Constitucionalista. El periódico Riech publicó entonces (núm. 340) una declaración sin firma, es decir, una declaración oficial de la redacción, que daba una respuesta a esa pregunta. Esta contestación se resume en tres puntos: 1) En el apartado 11 del programa del Partido Demócrata Constitucionalista se habla en forma directa, clara y precisa del "derecho" de las naciones a una "libre autedeterminación cultural". 2) Proletárskaya Pravda, según la afirmación de Riech, "confunde irreparablemente" la autodeterminación con el separatismo, con la separación de esta o la otra nación. 3) "En efecto, los demócratas constitucionalistas no han pensado nunca en defender el derecho de "separación de las naciones" del Estado ruso" (véase el artículo: El nacional liberalismo y el derecho de las naciones a la autodeterminación, en Proletárskaya Pravda, núm. 12, del 20 de diciembre de 1913). Fijémonos ante todo en el segundo punto de la declaración de Riech. ¡Cuán claramente demuestra a los señores Semkovski, Libman, Yurkévich y demás oportunistas que sus gritos y habladurías sobre una pretendida "falta de claridad" o "vaguedad" en cuanto a la "autodeterminación" no son en la práctica, es decir, en la correlación objetiva de las clases y de la lucha de las clases en Rusia, sino una simple repetición de los discursos de la burguesía monárquica liberal! Cuando Proletárskaya Pravda hizo a los instruidos señores "demócratas constitucionalistas" de Riech tres preguntas: 1) Si negaban que en toda la historia de la democracia internacional, y especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX, se entiende por autodeterminación de las naciones precisamente la autodeterminación política, el derecho a constituir un Estado nacional independiente; 2) si negaban que el mismo sentido tenía la conocida decisión del congreso socialista internacional celebrado en Londres en 1896, y 3) que Plejánov, el cual escribía ya en 1902 sobre la autodeterminación, entendía por tal precisamente la autodeterminación política; cuando Proletárskaya Pravda hizo estas tres preguntas, ¡¡los señores demócratas constitucionalistas guardaron silencio!! No contestaron ni una palabra, porque nada tenían que contestar. Tuvieron que reconocer en silencio que Proletárskaya Pravda tenía sin duda razón. Los gritos de los liberales a propósito de la falta de claridad del concepto de "autodeterminación", de su "irreparable confusión" con el separatismo entre los socialdemócratas no son sino una tendencia a embrollar la cuestión, rehuir el reconocimiento de un principio general de la democracia. Si los señores Semkovski, LIbman y Yurkévich no fueran tan ignorantes, les hubiera dado vergüenza hablar ante los obreros en tono liberal. Pero sigamos. Proletárskaya Pravda obligó a Riech a reconocer que las palabras sobre la autodeterminación "cultural" tienen en el programa demócrata constitucionalista precisamente el sentido de una negación de la autodeterminación política. "En efecto, los demócratas constitucionalistas no han pensado nunca en defender el derecho de "separación de las naciones" del Estado ruso": éstas son las palabras de Riech que no en vano recomendó Proletárskaya Pravda a Nóvoie Vremia y Zémschina como muestra de la "lealtad" de nuestros demócratas constitucionalistas. Sin dejar, naturalmente, de aprovechar la ocasión para mencionar a los "semitas" y decir toda clase de mordacidades a los demócratas constitucionalistas, Nóvoie Vremia declaraba, sin embargo, en su número 13563: "Lo que constituye para los socialdemócratas un axioma de sabiduría política" (es decir, el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación, a la separación), "empieza en nuestros días a provocar divergencias incluso entre los demócratas constitucionalistas". Los demócratas constitucionalistas adoptaron una posición de principios absolutamente idéntica a la de Nóvoie Vremia, declarando que "no habían pensado nunca en defender el derecho de separación de las naciones del Estado ruso". En esto consiste una de las bases del nacional-liberalismo de los demócratas constitucionalistas, de su afinidad con los Purishkévich, de su dependencia de estos últimos en el terreno político-ideólogico y político-práctico. "Los señores demócratas constitucionalistas han estudiado historia -decía Proletárskaya Pravda-, y saben muy bien a qué actos "pogromoides", expresándonos con suavidad, ha llevado muchas veces en la práctica la aplicación del tradicional derecho de los Purishkévich a "agarrar y no dejar escapar". Sabiendo perfectamente que la omnipotencia de los Purishkévich tiene origen y carácter feudal, los demócratas constitucionalistas se colocan, sin embargo, por entero en el terreno de las relaciones y fronteras establecidas precisamente por esta clase. Sabiendo perfectamente cuántos elementos no europeos, antieuropeos (asiáticos, diríamos nosotros, si esta palabra no pudiera sonar a inmerecido desprecio para japoneses y chinos) hay en las relaciones y fronteras creadas o fijadas por esa clase, los señores demócratas constitucionalistas los consideran límite del que no se puede pasar. Esto es precisamente adaptación a los Purishkévich, servilismo ante ellos, miedo de hacer vacilar su posición, esto es defenderlos contra el mivimiento popular, contra la democracia. "Esto significa en la práctica -decía Proletárskaya Pravda- adaptarse a los intereses de los feudales y a los peores prejuicios nacionalistas de la nación dominante en vez de luchar constantemente contra esos prejuicios". Como personas conocedoras de la historia y con pretensiones de democracia, los demócratas constitucionalistas ni siquiera intentan afirmar que el movimiento democrático, que en nuestros días es típico tanto de Europa Oriental como de Asia y que tiende a transformar una y otra, de acuerdo con el modelo de los países civilizados, capitalistas, que este movimiento deba indefectiblemente dejar intactas las fronteras fijadas en la época feudal, en la época de omnipotencia de los Purishkévich y de la falta de derechos de extensos sectores de la burguesía y de la pequeña burguesía. La última conferencia del Partido Demócrata Constitucionalista, celebrada del 23 al 25 de marzo de 1914, ha demostrado, por cierto, que el problema planteado por la polémica de Proletárskaya Pravda con Riech no era, en modo alguno, tan sólo un problema literario, sino que revestía la mayor actualidad política. En la reseña oficial de Riech (núm. 83, del 26 de marzo de 1914) sobre esta conferencia leemos: "Se trataron también en forma especialmente animada los problemas nacionales. Los diputados de Kíev, a los que se unieron N. V. Nekrásov y A. M. Koliubakin, indicaron que el problema nacional es un factor importante que está madurando y que es imprescindible afrontar con más energía que hasta ahora. F. F. Kokoshkin indicó, sin embargo" (éste es el "sin embargo" que corresponde al "pero" de Schedrín: "de puntillas no se es más alto, no, no se es más alto"), "que tanto el programa como la anterior experiencia política exigen que se proceda con la mayor prudencia en lo que se refiere a las "fórmulas elásticas" "de la autodeterminación política de las naciones"". Este razonamiento de la conferencia demócrata constitucionalista, de todo punto notable, merece la mayor atención de todos los marxistas y de todos los demócratas. (Hagamos notar entre paréntesis que Kíevskaya Mysl, periódico, por lo visto, enteradísimo y, sin duda, fiel transmisor de los pensamientos del señor Kokoshkin, añadía que este señor, claro que como advertencia a sus contrincantes, aducía de un modo especial el argumento del peligro de la "disgregación" del Estado). La reseña oficial de Riech está redactada con maestría diplomática, para levantar lo menos posible el telón y disimular lo más posible. Pero, de todos modos, queda claro, en sus rasgos fundamentales, lo que ocurrió en la conferencia de los demócratas constitucionalistas. Los delegados burgueses liberales, que conocían la situación en Ucrania, y los demócratas constitucionalistas "de izquierda" plantearon precisamente la cuestión de la autodeterminación política de las naciones. De lo contrario, el señor Kokoshkin no habría tenido por qué aconsejar que se procediera "con prudencia" en lo que se refiere a esta "fórmula". En el programa de los demócratas constitucionalistas que, naturalmente, conocían los delegados de la conferencia demócratas constitucionalista, figura precisamente la autodeterminación "cultural", y no la autodeterminación política. Por tanto, el señor Kokoshkin defendía el programa contra los delegados de Ucrania, contra los demócratas constitucionalistas de izquierda, defendía la autodeterminación "cultural" contra la "política". Es de todo punto evidente que, al alzarse contra la autodeterminación "política", al esgrimir la amenaza de la "disgregación del Estado", diciendo que la fórmula de la "autodeterminación política" es "elástica" (¡completamente a tono con Rosa Luxemburgo!), el señor Kokoshkin defendía el nacional-liberalismo ruso contra elementos más "izquierdistas" o más demócraticos del Partido Demócrata Constitucionalista y contra la burguesía ucrania. El señor Kokoshkin venció en la conferencia demócrata constitucionalista, como puede verse por la traidora palabreja "sin embargo" en la reseña de Riech. El nacional-liberalismo ruso triunfó entre los demócratas constitucionalistas. ¿No contribuirá esta victoria a que se aclaren las mentes de los elementos poco razonables que, entre los marxistas de Rusia, han comenzado también a temer, tras los demócratas constitucionalistas, "las fórmulas elásticas de la autodeterminación política de las naciones"? Veamos, "sin embargo", cuál es, en el fondo, el curso que siguen los pensamientos del señor Kokoshkin. Invocando la "anterior experiencia política" (es decir, evidentemente, la experiencia de 1905, en que la burguesía rusa se asustó, temiendo por sus privilegios nacionales, y contagió su miedo al Partido Demócrata Constitucionalista), hablando de la amenaza de "disgregación del Estado", el señor Kokoshkin ha demostrado comprender perfectamente que la autodeterminación política no puede significar otra cosa que el derecho a la separación y a la formación de un Estado nacional independiente. Se pregunta. ¿cómo hay que conceptuar estos temores del señor Kokoshkin, desde el punto de vista de la democracia, en general, así como desde el punto de vista de la lucha de clase proletaria, en particular? El señor Kokoshkin quiere convencernos de que el reconocimiento del derecho a la separación aumenta el peligro de "disgregación del Estado". Este es el punto de vista del polizonte Mymretsov con su lema de "agarrar y no dejar escapar". Desde el punto de vista de la democracia en general, es precisamente al contrario: el reconocimiento del derecho a la separación reduce el peligro de "disgregación del Estado". El señor Kokoshkin razona absolutamente en el espíritu de los nacionalistas. En su último congreso atacaron furiosamente a los ucranios "mazepistas". El movimiento ucranio -exclamaban el señor Sávenko y Cía.- amenaza con debilitar los lazos que unen a Ucrania con Rusia, ¡¡porque Austria, con la ucraniofilia, estrecha los lazos de los ucranios con Austria!! Lo que no se comprendía era por qué no puede Rusia intentar "estrechar" los lazos de los ucranios con Rusia por el mismo método que los señores Sávenko echan en cara a Austria, es decir, concediendo a los ucranios el libre uso de su lengua materna, la autodeterminación administrativa, una Dieta autónoma, etc. Los razonamientos de los señores Sávenko y de los señores Kokoshkin son absolutamente del mismo género e igualmente ridículos y absurdos, desde un punto de vista puramente lógico. ¿No está claro que, cuanto mayor sea la libertad de que goce la nación ucrania en uno u otro país, tanto más estrecha será la ligazón de esa nación con el país de que se trate? Parece que no se puede discutir contra esta verdad elemental de no romper resueltamente con todos los postulados de la democracia. ¿Y puede haber, para una nación como tal, mayor libertad que la de separación, la libertad de formar un Estado nacional independiente? Para que esta cuestión, embrollada por los liberales (y por quienes, sin comprender, les hacen coro), quede más clara aún, pondremos el más sencillo de los ejemplos: Tomemos el divorcio. Rosa Luxemburgo dice en su artículo que un Estado democrático centralizado, al transigir por completo con la autonomía de diversas de sus partes, debe dejar a la jurisdicción del Parlamento central todas las esferas legislativas de mayor importancia, y entre ellas, la del divorcio. Es prefectamente comprensible esta preocupación por que el poder central del Estado democrático asegure la libertad de divorcio. Los reaccionarios están en contra de la libertad de divorcio, aconsejan que se proceda "con prudencia" en lo relativo a dicha libertad y gritan que eso significa la "disgregación de la familia". Pero la democracia considera que los reaccionarios son unos hipócritas, pues, en realidad, defienden la omnipotencia de la policía y de la burocracia, los privilegios de un sexo y la peor opresión de la mujer; considera que, en realidad, la libertad de divorcio no significa la "disgregación" de los vínculos familiares, sino, por el contrario, su fortalecimiento sobre los únicos cimientos democráticos que son posibles y estables en una sociedad civilizada. Acusar a los partidarios de la libertad de autodeterminación, es decir, de la libertad de separación, de que fomentan el separatismo es tan necio e hipócrita como acusar a los partidarios de la libertad de divorcio de que fomentan el desmoronamiento de los vínculos familiares. Del mismo modo que en la sociedad burguesa impugnan la libertad de divorcio los defensores de los privilegios y de la venalidad, en los que se funda el matrimonio burgués, negar en el Estado capitalista la libertad de autodeterminación, es decir, de separación de las naciones no significa otra cosa que defender los privilegios de la nación dominante y los procedimientos policíacos de administración en detrimento de los democráticos. No cabe duda de que la politiquería engendrada por todas las relaciones de la sociedad capitalista da a veces lugar a charlatanería en extremo frívola y hasta sencillamente absurda de parlamentarios o publicistas sobre la separación de tal o cual nación. Pero sólo los reaccionarios pueden dejarse asustar (o fingir que se asustan) por semejante charlatanería. Quien sustente el punto de vista de la democracia, es decir, de la solución de los problemas estatales por la masa de la población, sabe prefectamente que hay "un gran trecho" entre la charlatanería de los politicastros y la decisión de las masas. La masas de la población saben perfectamente, por la experiencia cotidiana, lo que significan los lazos gegráficos y económicos, las ventajas de un gran mercado y de un gran Estado y sólo se decidirán a la separación cuando la opresión nacional y los roces nacionales hagan la vida en común absolutamente insoportable, frenando las relaciones económicas de todo género. Y en este caso, los intetreses del desarrollo capitalista y de la libertad de lucha de clase estarán precisamente del lado de quienes se separen. Así pues, se aborden los razonamientos del señor Kokoshkin del lado que se quiera, resultan el colmo del absurdo y del escarnio a los principios de la democracia. Pero en estos razonamientos hay cierta lógica: la lógica de los intereses de clase de la burguesía rusa. El señor Kokoshkin, como la mayoría del Partido Demócrata Constitucionalista, es lacayo de la bolsa de oro de esa burguesía. Defiende sus privilegios en general, sus privilegios estatales en particular, los defiende con Purishkévich, al lado de éste, con la única diferencia de que Purishkévich tiene más fe en el garrote feudal, mientras que Kokoshkin y Cia. ven que el garrote resultó muy quebrantado en le año 1905 y confían más en los procedimientos burgueses de embaucamiento de las masas, por ejemplo, en asustar a los pequeños burgueses y a los campesinos con el fantasma de la "disgregación del Estado", de engañarles con frases sobre la unión de "la libertad popular" con los pilares históricos, etc. La significación real de clase de la hostilidad liberal al principio de autodeterminación política de las naciones es una, y sólo una: nacional-liberalismo, salvaguardia de los privilegios estatales de la burguesía rusa. Y todos estos oportunistas que hay entre los marxistas de Rusia, que precisamente ahora, en la época del sistema del 3 de junio, han arremetido contra el derecho de las naciones a la autodeterminación: el liquidador Semkovski, el bundista Libman, el pequeñoburgués ucranio Yurkévich, en realidad van sencillamente a la zaga del nacional-liberalismo, corrompen a la clase obrera con las ideas nacional-liberales. Los intereses de la clase obrera y de su lucha contra el capitalismo exigen una completa solidaridad y la más estrecha unión de los obreros de todas las naciones, exigen que se rechace la política nacionalista de la burguesía de cualquier nación. Por ello sería apartarse de las tareas de la política proletaria y someter a los obreros a la política de la burguesía, tanto el que los socialdemócratas se pusieran a negar el derecho a la autodeterminación, es decir, el derecho de las naciones oprimidas a separarse, como el que se pusieran a apoyar todas las reivindicaciones nacionales de la burguesía de las naciones oprimidas. Al obrero asalariado tanto le da que su principal explotador sea la burguesía rusa más que la alógena, como la burguesía polaca más que la hebrea, etc. Al obrero asalariado que haya adquirido conciencia de los intereses de su clase le son indiferentes tanto los privilegios estatales de los capitalistas rusos como las promesas de los capitalistas polacos o ucranios de instaurar el paraíso en la tierra cuando ellos gocen de privilegios estatales. El desarrollo del capitalismo prosigue y proseguirá, de uno u otro modo, tanto en un Estado heterogéneo unido como en Estados nacionales separados. En todo caso, el obrero asalariado seguirá siendo objeto de explotación, y para luchar con éxito contra ella se exige que el proletariado sea independiente del nacionalismo, que los proletarios mantengan una posición de completa neutralidad, por así decir, en la lucha de la burguesía de la diversas naciones por la supremacía. En cuanto el proletariado de una nación cualquiera apoye en lo más mínimo los privilegios de "su" burguesía nacional, este apoyo provocará inevitablemente la desconfianza del proletariado de la otra nación, debilitará la solidaridad internacional de clase de los obreros, los desunirá para regocijo de la burguesía. Y el negar el derecho a la autodeterminación, o a la separación, significa indefectiblemente, en la práctica, apoyar los privilegios de la nación dominante. Nos convenceremos de ello con mayor evidencia aún si tomamos el ejemplo concreto de la separación de Noruega de Suecia.

✔6. LA SEPARACIÓN DE NORUEGA DE SUECIA

Rosa Luxemburgo toma precisamente este ejemplo y razona sobre él del modo siguiente: "El último acontecimiento que se ha producido en la historia de las relaciones federativas, la separación de Noruega de Suecia -que en su tiempo se apresuró a comentar social patriotera polaca (véase Naprzód de Cracovia) como una reconfortante manifestación de la fuerza y del carácter progresivo de las aspiraciones a la separación estatal-, se ha convertido inmediatamente en prueba fulminante de que el federalismo y la separación estatal que de él resulta en modo alguno son expresión de progreso ni democracia. Después de la llamada "revolución" noruega, que consistió en destronar y hacer de salir de Noruega al rey de Suecia, los noruegos eligieron tranquilamente otro rey, tras de haber rechazado formalmente, por plebiscito popular, el proyecto de instauración de la República. Lo que los adoradores superficiales de toda clase de movimientos nacionales y de todo lo que se asemeja a independencia proclamaron como "revolución" era una simple manifestación del particularismo campesino y pequeñoburgués, un deseo de tener por su dinero un rey "propio", en lugar del rey impuesto por la aristocracia sueca; era, por tanto, un movimiento que no tenía absolutamente nada de común con el espíritu revolucionario. Al mismo tiempo, esta historia de la ruptura de la unión sueco-noruega ha vuelto a demostrar hasta qué punto, también en este caso, la federación que había exisitido hasta aquel momento no era sino la expresión de intereses puramente dinásticos y, por tanto, una forma de monarquismo y de reacción". (Przeglad). ¡¡Esto es literalmente todo lo que dice Rosa Luxemburgo sobre este punto!! Y preciso es reconocer que será difícil poner de manifiesto la impotencia de su posición con más relieve que lo ha hecho Rosa Luxemburgo en el ejemplo aducido. La cuestión consistía y consiste en si la socialdemocracia necesita, en un Estado de composición nacional heterogénea, un programa que reconozca el derecho a la autodeterminación o a la separación. ¿Qué nos dice sobre esto el ejemplo de Noruega, escogido por la misma Rosa Luxemburgo? Nuestra autora da rodeos y hace esguinces, ironiza y clama contra Naprzód, ¡¡pero no responde a la cuestión!! Rosa Luxemburgo habla de lo que se quiera, ¡¡con tal de no decir ni una palabra del fondo de la cuestión!! Es indudable que los pequeños burgueses de Noruega, que han querido tener rey propio por su dinero y han hecho fracasar en plebiscito popular el proyecto de instauración de la República, han puesto de manifiesto cualidades pequeñoburguesas bastante malas. Es indudable que si Naprzód no lo ha notado, ha mostrado cualidades igualmente malas e igualmente pequeñoburguesas. Pero ¿a qué viene todo esto? ¡Porque de lo que se trataba era del derecho de las naciones a la autodeterminación y de la actitud del proletariado socialista ante ese derecho! ¿Por qué, pues, Rosa Luxemburgo no responde a la cuestión, sino que da vueltas y más vueltas en torno a ella? Dicen que para el ratón no hay fiera más temible que el gato. Para Rosa Luxemburgo, por lo visto, no hay fiera más temible que los "fraquistas". "Fraquista" es el nombre que se da en lenguaje popular al Partido Socialista Polaco, a la llamada fracción revolucionaria, y el periodiquillo de Cracovia Naprzód comparte las ideas de esta "fracción". La lucha de Rosa Luxemburgo contra el nacionalismo de esa "fracción" ha cegado hasta tal punto a nuestra autora, que todo desaparece de su horizonte a excepción de Naprzód. Si Naprzód dice: "sí", Rosa Luxemburgo se considera en el segrado deber de proclamar inmediatamente: "no", sin pensar en lo más mínimo que, con semejante procedimiento, lo que demuestra no es su independencia de Naprzód, sino precisamente todo lo contrario, su divertida dependencia de los "fraquistas", su incapacidad de ver las cosas desde un punto de visto algo más amplio y profundo que el del hormiguero de Cracovia. Naprzód, desde luego, es un órgano muy malo y no es en absoluto un órgano marxista, pero eso no debe impedirnos analizar a fondo el ejemplo de Noruega, toda vez que lo hemos aducido. Para analizar este ejemplo a lo marxista, no debemos pararnos en las malas cualidades de los muy temibles "fraquistas", sino, primero, en las particularidades históricas concretas de la separación de Noruega de Suecia, y, segundo, ver cuáles fueron las tareas del proletariado de ambos países durante esta separación Noruega está ligada a Suecia por lazos geográficos, económicos y lingüísticos no menos estrechos que los lazos que unen a muchas naciones eslavas no rusas a los rusos. Pero la unión de Noruega a Suecia no era voluntaria, de modo que Rosa Luxemburgo habla de "federación" completamente en vano, sencillamente porque no sabe qué decir. Noruega fue entregada a Suecia por los monarcas durante las guerras napoleónicas, contra la voluntad de los noruegos, y los suecos hubieron de llevar a Noruega tropas para someterla. Después de eso hubo durante largos decenios, a pesar de la autonomía de extraordinaria amplitud de que gozaba Noruega (Dieta propia, etc.), constantes roces entre Noruega y Suecia, y los noruegos procuraron con todas las fuerzas sacudirse el yugo de la aristocracia sueca. En agosto de 1905 se lo sacudieron por fin: la Dieta noruega decidió que el rey de Suecia dejara de ser rey de Noruega, y el referéndum del pueblo noruego, celebrado más tarde, dio una aplastante mayoría de votos (cerca de doscientos mil, contra algunos centenares) a favor de la completa separación de Suecia. Los suecos, después de algunas vacilaciones, se resignaron con la separación. Este ejemplo nos muestra en qué terrenos son posibles y se producen casos de separación de naciones, manteniéndose las relaciones económicas y políticas contemporáneas, y qué forma toma a veces la separación en un ambiente de libertad política y democracia. Ni un solo socialdemócrata, si no se decide a declarar que le son indiferentes la libertad política y la democracia (y en tal caso, naturalmente, dejaría de ser socialdemócrata), podrá negar que este ejemplo demuestra de hecho que los obreros conscientes tienen la obligación de desarrollar una labor constante de propaganda y preparación a fin de que los posibles choques motivados por la separación de naciones se ventilen sólo como se ventilaron en 1905 entre Noruega y Suecia y no "al modo ruso". Esto es precisamente lo que expresa la reivindicación programática de reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación. Y Rosa Luxemburgo, ante un hecho desagradable para su teoría, ha tenido que escudarse con temibles invectivas a la mentalidad de los pequeños burgueses noruegos y al Naprzód de Cracovia, porque comprendía perfectamente hasta qué punto desmiente de un modo irrevocable ese hecho histórico sus frases, según las cuales el derecho a la autodeterminación de las naciones es una "utopía", equivale al derecho "a comer en plato de oro", etc. Semejantes frases sólo expresan una fe oportunista de lamentable presunción en la inmutabilidad de la correlación de fuerzas dada entre las naciones de Europa Oriental. Prosigamos. En el problema de la autodeterminación de las naciones, lo mismo que en cualquier otro, nos interesa, ante todo y sobre todo, la autodeterminación del proletariado en el seno de las naciones. Rosa Luxemburgo ha dejado modestamente a un lado también este problema, comprendiendo cuán desagradable resulta para su "teoría" examinarlo en el aducido ejemplo de Noruega. ¿Cuál fue y debió ser la posición del proletariado noruego y sueco en el conflicto motivado por la separación? Los obreros conscientes de Noruega, desde luego, hubieran votado después de la separación por la República[2], y si hubo socialistas que votaron de otro modo, eso no demuestra sino que hay a veces mucho oportunismo obtuso, pequeñoburgués, en el socialismo europeo. Sobre esto no puede haber dos criterios, y sólo nos referimos a este punto porque Rosa Luxemburgo intenta velar el fondo de la cuestión con disquisiciones que no vienen al caso. No sabemos si, en lo que se refiere a la separación, el programa socialista noruego obligaba a los socialdemócratas noruegos a atenerse a un criterio determinado. Supongamos que no, que los socialistas noruegos dejaron en suspenso la cuestión de hasta qué punto era suficiente para la libre lucha de clase la autonomía de Noruega y hasta qué punto frenaban la libertad de su vida económica los eternos roces y conflictos con la aristocracia sueca. Pero es indiscutible que el proletariado noruego debía haber ido contra esa aristocracia, por una democracia campesina noruega (aun con toda la estrechez de miras pequeñoburguesas de esta última). ¿Y el proletariado sueco? Sabido es que los terratenientes suecos, apoyados por el clero sueco, predicaban la guerra contra Noruega; y como Noruega es mucho más débil que Suecia, como ya había sufrido una invasión sueca, como la aristocracia sueca tiene un peso muy considerable en su país, esta prédica era una amenaza muy seria. Puede asegurarse que los Kokoshkin suecos corrompieron larga y empeñadamente a las masas suecas, exhortándolas a "proceder con prudencia" en lo referente a las "fórmulas elásticas de la autodeterminación política de las naciones", pintándoles los peligros de "disgregación del Estado" y asegurándoles que la "libertad popular" es compatible con los principios de la aristocracia sueca. No cabe la menor duda de que la socialdemocracia sueca habría hecho traición a la causa del socialismo y a la causa de la democracia si no hubiera luchado con todas sus fuerzas contra la ideología y contra la política tanto de los terratenientes como de los Kokoshkin, si no hubiera propugnado, además de la igualdad de las naciones en general (igualdad que también reconocen los Kokoshkin), el derecho de las naciones a la autodeterminación, la libertad de separación de Noruega. La estrecha unión de los obreros noruegos y suecos y su plena solidaridad de camaradas de clase ganaban, al reconocer de este modo los obreros suecos el derecho de los noruegos a la separación. Porque los obreros noruegos se convencían de que los obreros suecos no estaban contagiados de nacionalismo sueco, de que la fraternidad con los proletarios noruegos estaba, para ellos, por encima de los privilegios de la burguesía y de la aristocracia suecas. La ruptura de los lazos impuestos a Noruega por los monarcas europeos y los aristócratas suecos fortaleció los lazos entre los obreros noruegos y suecos. Los obreros suecos han demostrado que, a través de todas las vicisitudes de la política burguesa -¡bajo las relaciones burguesas es perfectamente posible que renazca la sumisión de los noruegos a los suecos por la fuerza!-, sabrán mantener y defender la completa igualdad de derechos y la solidaridad de clase de los obreros de ambas naciones en la lucha tanto contra la burguesía sueca como contra la noruega. De ahí se infiere, entre otras cosas, cuán infundadas e incluso sencillamente poco serias son las tentativas que a veces hacen los "faquistas" de "aprovechar" nuestras divergencias con Rosa Luxemburgo en contra de la socialdemocracia polaca. Los "fraquistas" no constituyen un partido proletario, socialista, sino un partido nacionalista pequeñoburgués, una especie de socialrevolucionarios polacos. Nunca se ha hablado ni pudo hablarse de ninguna unidad de los socialdemócratas de Rusia con este partido. En cambio, ni un solo socialdemócrata de Rusia "se ha arrepentido" nunca de acercarse y unirse a los socialdemócratas polacos. A la socialdemocracia polaca le corresponde el gran mérito histórico de haber creado por primera vez en Polonia un partido marxista de verdad, proletario de verdad, en una Polonia impregnada hasta la médula de aspiraciones y apasionamientos nacionalistas. Pero este mérito de los socialdemócratas polacos es un gran mérito no porque Rosa Luxemburgo haya dicho toda clase de absurdos contra el apartado 9 del programa marxista de Rusia, sino a pesar de esa lamentable circunstancia. Para los socialdemócratas polacos, naturalmente, el "derecho a la autodeterminación" no tiene una importancia tan grande como para los rusos. Es perfectamente comprensible que la lucha contra la pequeña burguesía de Polonia, cegada por el nacionalismo, haya obligado a los socialdemócratas polacos a "forzar la nota" con particular empeño (a veces quizá un poco exagerado). Ni un solo marxista de Rusia ha pensado nunca en acusar a los socialdemócratas polacos de estar en contra de la separación de Polonia. Estos socialdemócratas se equivocan sólo cuando, a semejanza de Rosa Luxemburgo, intentan negar la necesidad de que en el programa de los marxistas de Rusia se reconozca el derechoa a la autodeterminación. En el fondo, eso significa trasladar relaciones, comprensibles desde el punto de vista del horizonte de Cracovia, a la escala de todos los pueblos y naciones de Rusia, incluidos los rusos. Eso significa ser "nacionalistas polacos al revés", y no socialdemócratas de Rusia, internacionalistas. Porque la socialdemocracia internacional está precisamente en pro de reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación. De lo cual pasamos a ocuparnos.

✔7. EL ACUERDO DEL CONGRESO INTERNACIONAL DE LONDRES CELEBRADO EN 1896

El acuerdo dice: "El congreso declara que está a favor del derecho completo a la autodeterminación (Selbstbestimmungsrecht) de todas las naciones y expresa sus simpatías a los obreros de todo país que sufra actualmente bajo el yugo de un absolutismo militar, nacional o de otro género; el congreso exhorta a los obreros de todos estos países a ingresar en las filas de los obreros conscientes (Klassenbewusste= de los que tienen conciencia de los intereses de su clase) de todo el mundo, a fin de luchar al lado de ellos para vencer al capitalismo internacional y alcanzar los objetivos de la socialdemocracia internacional". Como ya hemos señalado, nuestros oportunistas, los señores Semkovski, Libman y Yurkévich, desconocen sencillamente este acuerdo. Pero Rosa Luxemburgo lo conoce y cita su texto íntegro, en el que figura la misma expresión que en nuestro programa: "autodeterminación". Cabe preguntar: ¿cómo elimina Rosa Luxemburgo este obstáculo del camino de su "original" teoría? ¡Oh, muy sencillo!: ...el centro de gravedad está aquí en la segunda parte de la resolución... su carácter declarativo... ¡¡sólo por confusión puede apelarse a ella!! El desamparo y la desorientación de nuestra autora son sencillamente asombrosos. Por lo general, los oportunistas son los únicos que aluden al carácter declarativo de los puntos consecuentemente democráticos y socialistas en los programas, rehuyendo cobardemente la polémica franca contra ellos. A lo que se ve, no sin motivo se ha encontrado esta vez Rosa Luxemburgo en la triste compañía de los señores Semkovski, Libman y Yurkévich. Rosa Luxemburgo no se atreve a confesar con sinceridad si estima certera o errónea la citada resolución. Se zafa y se esconde, como si esperase tener un lector tan poco atento y tan ignorante que olvide la primera parte de la resolución al llegar a la segunda o que nunca haya oído hablar de los debates que hubo en la prensa socialista antes del congreso de Londres. Pero Rosa Luxemburgo está muy equivocada si se imagina que logrará pisotear con tanta facilidad ante los obreros conscientes de Rusia una resolución de la Internacional sobre una importante cuestión de principios, sin haberse dignado siquiera analizarla con criterio crítico. En los debates que precedieron al Congreso de Londres -principalmente en las columnas de la revista de los marxistas alemanes Die Neue Zeit- se expresó el punto de vista de Rosa Luxemburgo, ¡y ese punto de vista, en el fondo, sufrió una derrota ante la Internacional! Este es el fondo del asunto, y debe tenerlo en cuenta sobre todo el lector ruso. Los debates giraron en tono a la cuestión de independencia de Polonia. Se expresaron tres puntos de vista: 1) El punto de vista de los "fraquistas", en cuyo nombre habló Haecker. Querían que la Internacional reconociera en su programa la reivindicación de la independencia de Polonia. La propuesta no fue aceptada. Este punto de vista sufrió una derrota ante la Internacional. 2) El punto de vista de Rosa Luxemburgo: los socialistas polacos no deben exigir la independencia de Polonia. Desde este punto de vista, ni hablar se podía de proclamar el derecho de las naciones a la autodeterminación. Este criterio fue también derrotado ante la Internacional. 3) El punto de vista que entonces desarrolló del modo más minucioso C. Kautsky, al tomar la palabra contra Rosa Luxemburgo y demostrar la extrema "unilateralidad" del materialismo de ella. Desde este punto de vista, la Internacional no puede incluir hoy en su programa la independencia de Polonia, pero los socialistas polacos -dijo Kautsky- pueden plenamente propugnar semejante reivindicación. Desde el punto de vista de los socialistas es absolutamente erróneo desentenderse de las tareas de la liberación nacional en un ambiente de opresión nacional. La resolución de la Internacional reproduce precisamente las tesis más esenciales, fundamentales de este punto de vista: por una parte, se reconoce, sin el menor rodeo ni dejar lugar a la tergiversación alguna, el pleno derecho de todas las naciones a la autodeterminación; por otra parte, se exhorta de forma no menos explícita a los obreros a concertar la unidad internacional de su lucha de clase. Nosotros estimamos que está resolución es acertada por completo y que, para los países de Europa Oriental y de Asia de comienzos del siglo XX, es precisamente ella y justamente en la conexión indisoluble de sus dos partes lo que constituye la única directriz acertada de política proletaria de clase en el problema nacional. Explayémonos con algún detenimiento mayor en los tres puntos de vista mencionados. Sabido es que C. Marx y F. Engels consideraban que toda la democracia de Europa Occidental, y más aún la socialdemocracia, estaban absolutamente obligados a apoyar con energía la reivindicación de independencia de Polonia. Para las décadas del 40 y del 60 del siglo pasado, época de revolución burguesa en Austria y Alemania, época de "reforma campesina" en Rusia, este punto de vista era certero por completo y el único consecuentemente democrático y proletario. Mientras las masas populares de Rusia y de la mayoría de los países eslavos estaban aún sumidas en profundo sueño, mientras no había en estos países movimientos democráticos independientes, de masas, el movimiento liberador aristocrático en Polonia adquiría un valor primordial, gigantesco, desde el punto de vista no sólo de la democracia de toda Rusia, no sólo de la democracia de todos los países eslavos, sino de la democracia de toda Europa[3]. Pero si este punto de vista de Marx era acertado por completo para el segundo tercio o para el tercer cuarto del siglo XIX, ha dejado de serlo para el siglo XX. En la mayoría de los países eslavos, e incluso en uno de los países eslavos más atrasados, en Rusia, han surgido movimientos democráticos independientes e incluso un movimiento proletario independiente. Ha desaparecido la Polonia aristocrática, dando paso a la Polonia capitalista. En tales circunstancias, Polonia no podía menos de perder su excepcional trascendencia revolucionaria. Cuando el PSP (Partido Socialista Polaco, los "fraquistas" actuales) intentó en 1896 "perpetuar" el punto de vista de Marx de otra época, eso significaba ya utilizar la letra del marxismo contra el espíritu del marxismo. De ahí que tuvieran completa razón los socialdemócratas polacos cuando se declararon en contra de los entusiasmos nacionalistas de la pequeña burguesía polaca, cuando indicaron que el problema nacional tenía una importancia secundaria para los obreros polacos, cuando crearon por primera vez en Polonia un partido puramente proletario, cuando proclamaron el principio de la unión más estrecha entre el obrero polaco y el ruso en su lucha de clase, principio de inmensa importancia. Pero ¿significaba esto, sin embargo, que, a comienzos del siglo XX, la Internacional podía considerar superfluo para Europa Oriental y Asia el principio de autodeterminación política de las naciones, su derecho a la separación? Esto sería el mayor de los absurdos y equivaldría (teóricamente) a considerar terminada la transformación democrática burguesa de los Estados de Turquía, Rusia y China; sería (prácticamente) oportunismo respecto al absolutismo. No. Para Europa Oriental y para Asia, en una época en que se han iniciado revoluciones democráticas burguesas, en una época en que han surgido y se han exarcebado movimientos nacionales, en una época en que han aparecido partidos proletarios independientes, la tarea de estos partidos en política nacional debe ser una tarea doble: reconocer el derecho de todas las naciones a la autodeterminación, porque aún no está terminada la transformación democrática burguesa, porque la democracia obrera propugna con seriedad, franqueza y consecuencia, no al modo liberal, no al modo de los Kokoshkin, la igualdad de derechos de las naciones y la alianza más estrecha, indisoluble, de la lucha de clase de los proletarios de todas las naciones de un Estado determinado, para toda índole de peripecias de su historia, con todo género de modificaciones que la burguesía introduzca en las fronteras de los diversos Estados. Esta doble tarea del proletariado es precisamente la que formula la resolución de la Internacional en 1896. Idéntica precisamente es, por los principios en que se basa, la resolución adoptada por los marxistas de Rusia en su Conferencia del Verano de 1913. Hay gentes a quienes les parece "contradictorio" que esta resolución, al reconocer en su punto cuarto el derecho a la autodeterminación, a la separación, parece "conceder" el máximo al nacionalismo (en realidad, en el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de todas las naciones hay un máximo de democracia y un mínimo de nacionalismo), y en el punto quinto previene a los obreros contra las consignas nacionalistas de cualquier burguesía y exige la unidad y la fusión de los obreros de todas las naciones en organizaciones proletarias internacionales únicas. Pero sólo inteligencias absolutamente obtusas pueden ver aquí una "contradicción", pues son incapaces de comprender, por ejemplo, por qué han ganado la unidad y la solidaridad de clase del proletariado sueco y noruego, cuando los obreros suecos han defendido para Noruega la libertad de separarse y constituir un Estado independiente.

(...)

...

✔(1) A cierto L. Vl. de París, le parece que esta palabra no es marxista. Este L. Vl. es un divertido "superklug" (lo que puede traducirse por "superinteligente"). El "superinteligente" L. Vl. se propone, por lo visto, escribir un estudio sobre la eliminación de nuestro programa mínimo (¡desde el punto de vista de la lucha de clase!) de las palabras: "población", "pueblo", etc.

✔(2) Si la mayoría de la nación noruega estaba por la monarquía, y el proletariado por la república, al proletariado noruego, hablando en general, se le abrían dos caminos: o la revolución, si estaban maduras las condiciones para ella, o la sumisión a la mayoría y una larga labor de propaganda y agitación.

✔(3) Sería un trabajo histórico muy interesante comparar la posición de un gentilhombre polaco insurgente de 1863, que era la posición de Chernyshevsky, demócrata revolucionario de influencia en toda Rusia, que también (como Marx) supo apreciar la importancia del movimiento polaco, y la posición del filisteo ucranio Dragománov, quien escribió mucho más tarde y expresó el punto de vista del campesino, todavía tan salvaje, dormido, encostrado en su montón de estiercol, que su legítimo odio a los terratenientes polacos le impedía comprender la importancia de la lucha de estos terratenientes para la democracia de toda Rusia. (Veáse La Polonia histórica y la democracia de Rusia, de Dragománov). Dragománov ha merecido plenamente los entusiastas abrazos que más tarde le prodigó P. Struve cuando ya era nacional-liberal.

'Condena' 《Reflexión》

Nunca condenes estas almas,
tú no sabes,pero,quizás,
su infierno no cabe en tu cielo.

Tú no sabes,pero,quizás,
beba algo más que vino,
quién sabe que historia lo ha hecho caer rendido.

Nunca condenes,sabes,
quizás todos tengamos un poco de responsabilidad causante de su destino.

Marcelo Rubéns Balboa✒

miércoles, 18 de octubre de 2017

✔VI EL PARTIDO BOLSHEVIQUE DURANTE EL PERÍODO DE LA GUERRA IMPERIALISTA. ✔LA SEGUNDA REVOLUCIÓN EN RUSIA (1914 - marzo de 1917)☭

✔VI EL PARTIDO BOLSHEVIQUE DURANTE EL PERÍODO DE LA GUERRA IMPERIALISTA.

✔LA SEGUNDA REVOLUCIÓN EN RUSIA (1914 - marzo de 1917)

☞ 1. Origen y causas de la guerra imperialista El 14 (27) de julio de 1914, el gobierno zarista decretó la movilización general. El 19 de julio (1 de agosto), Alemania declaró la guerra a Rusia. Rusia entró en la guerra. Ya mucho tiempo antes que la guerra comenzase, los bolsheviques, encabezados por Lenin, habían previsto que estallaría inevitablemente. En los congresos internacionales socialistas, Lenin había formulado propuestas encaminadas a trazar la línea revolucionaria de conducta que debía adoptar los socialistas cuando la guerra estallase. Lenin señalaba que la guerra era un satélite inevitable del capitalismo; la rapiña de territorios extranjeros, la apropiación y el saqueo de las colonias, la conquista de nuevos mercados, habían provocado repetidas veces guerras de anexión de los Estados capitalistas. Para los países capitalistas, la guerra es un fenómeno tan natural y tan legítimo como la explotación de la clase obrera. Las guerras hiciéronse todavía más inevitables a fines del siglo XIX y comienzos del XX, al pasar el capitalismo, definitivamente, a la fase culminante y última de su desarrollo: el imperialismo. Bajo el imperialismo, adquirieron una importancia decisiva en la vida de los Estados capitalistas las potentes agrupaciones (monopolios) de los capitalistas y de los bancos. El capital financiero se convirtió en el amo de los Estados capitalistas. Y el capital financiero exigía nuevos mercados, la anexión de nuevas colonias, nuevas bases para la exportación de capitales y nuevas fuentes de materias primas. Pero a fines del siglo XIX, todo el territorio del planeta se hallaba ya repartido entre los Estados capitalistas. Ahora bien; en la época imperialista, el capitalismo se desarrolla de un modo extraordinariamente desigual y a saltos: países que antes aparecían en primer lugar, ven amortiguarse el ritmo relativo de desarrollo de su industria, mientras que otros, que antes eran países atrasados, dan un rápido salto, los alcanzan y sobrepasan. La correlación entre las fuerzas económicas y militares de los Estados imperialistas había cambiado. Manifestábase la aspiración a proceder a un nuevo reparto del mundo. La lucha por un nuevo reparto del mundo tenía que provocar, inevitablemente, la guerra imperialista. La guerra de 1914 fue una guerra por un nuevo reparto del mundo y de las zonas de influencia. Esta guerra había sido largamente preparada por todos los Estados imperialistas. Los imperialistas de todos los países fueron culpables de ella. La guerra había sido preparada, en particular, por Alemania y Austria de un lado, y de otro, por Francia, Inglaterra y Rusia, mediatizada por ellas. En 1907, se había constituido la Triple Entente, alianza entre Inglaterra, Francia y Rusia. Otra alianza imperialista existía entre Alemania, Austria-Hungría e Italia. Pero al estallar la guerra de 1914, Italia se salió de esta alianza, y más tarde se adhirió a la Entente, Alemania y Austria-Hungría contaban con el apoyo de Bulgaria y de Turquía. Alemania preparábase para la guerra imperialista, ambicionando despojar a Inglaterra y a Francia de sus colonias, y a Rusia de Ucrania, Polonia y los territorios del Báltico. Con la construcción del ferrocarril de Bagdad, Alemania amenazaba la dominación de Inglaterra en el Cercano Oriente. Inglaterra veía con temor el incremento de los armamentos navales de Alemania. La Rusia zarista aspiraba al reparto de Turquía y soñaba conquistar los estrechos que unen el Mar Negro al Mediterráneo (los Dardanelos) y anexionarse Constantinopla. Entraba también en los planes del gobierno zarista la anexión de Galitzia, que formaba parte de Austria-Hungría. Inglaterra aspiraba a aplastar por medio de la guerra a su peligrosa competidora Alemania, cuyas mercancías iban desalojando cada vez más a los productos ingleses del mercado mundial antes de la guerra. Además, abrigaba el propósito de quitar a Turquía la Mesopotamia y Palestina y de establecerse sólidamente en Egipto. Los capitalistas franceses aspiraban a arrebatar a Alemania la cuenca del Sarre, rica en carbón y en hierro, y las provincias de Alsacia-Lorena, de que Alemania había despojada a Francia en la guerra de 1870-1871. Fueron, pues, las formidables contradicciones existentes entre los dos grupos de Estados capitalistas las que condujeron a la guerra imperialista. Esta guerra de rapiña, en la que se ventilaba el reparto del mundo, afectaba a los intereses de todos los países imperialistas, razón por la cual se vieron arrastrados a ella, en el transcurso de su desarrollo, el Japón, los Estados Unidos y otra serie de países. La guerra adquirió carácter mundial. La burguesía había preparado la guerra imperialista, manteniendo sus preparativos en el más profundo secreto, para que no se enterasen los pueblos. Cuando la guerra estalló, todos los gobiernos imperialistas se esforzaron en demostrar que no eran ellos los que atacaban a los países vecinos, sino que eran víctimas de la agresión de éstos. La burguesía engañaba al pueblo, ocultando los verdaderos fines de la guerra, su carácter imperialista, anexionista. Todos los gobiernos imperialistas declararon que hacían la guerra en defensa de la patria. Ayudaron a la burguesía a engañar al pueblo los oportunistas de la Segunda Internacional. Los socialdemócratas de la Segunda Internacional traicionaron vilmente la causa del socialismo, la causa de la solidaridad internacional del proletariado. Lejos de levantarse en contra de la guerra, lo que hicieron fue ayudar a la burguesía a lanzar a los obreros y campesinos de los Estados beligerantes unos contra otros, bajo el pabellón de la defensa de la patria. El hecho de que Rusia entrase en la guerra imperialista, al lado de la Entente, de Francia e Inglaterra, tenía su razón de ser. No hay que perder de vista que antes de 1914 las ramas más importantes de la industria rusa se hallaban en manos del capital extranjero, y principalmente del capital francés, inglés y belga, es decir, de los países de la Entente. Las fábricas metalúrgicas más importantes de Rusia eran propiedad de capitalistas franceses. Casi las tres cuartas partes de la metalurgia rusa (el 72 por ciento) dependían del capital extranjero. Otro tanto ocurría con la producción del carbón de hulla en la cuenca del Donetz. La mitad, aproximadamente, de la extracción de petróleo hallábase en manos del capital anglofrancés. Una parte considerable de las ganancias de la industria rusa iba a parar a los bancos extranjeros, y principalmente a los de Inglaterra y Francia. Todas estas razones, a las cuales hay que añadir los empréstitos de miles de millones concertados por el zar en Francia e Inglaterra, encadenaban al zarismo al imperialismo anglofrancés y convertían a Rusia en tributaria de estos países, en una semicolonia suya. La burguesía rusa esperaba que, lanzándose a la guerra, mejoraría su situación, conquistaría nuevos mercados, se enriquecería con los pedidos y los suministros de guerra, y al mismo tiempo podría, valiéndose de la situación creada por la guerra, aplastar el movimiento revolucionario. La Rusia zarista entró en la guerra sin estar preparada para ella. La industria rusa hallábase muy atrasada respecto a la de otros países capitalistas. Predominaban en ella las viejas fábricas con una instalación ya muy gastada. La agricultura rusa, con un régimen semifeudal de posesión de la tierra y masas de campesinos reducidos a la más extrema miseria, no podía ofrecer una base económica para mantener una guerra larga. El zar tenía su principal sostén en los terratenientes feudales. Los grandes terratenientes de las centurias negras, coaligados con los grandes capitalistas, eran los amos del país y de la Duma. Estos elementos apoyaban en bloque la política interior y exterior del gobierno zarista. La burguesía imperialista rusa tenía puestas todas sus esperanzas en la autocracia zarista, en el puño de hierre que podía asegurarle la conquista de nuevos mercados y de nuevos territorios, y además aplastar el movimiento revolucionario de los obreros y los campesinos. El partido de la burguesía liberal -los kadetes- se hacía pasar por un partido de oposición, pero apoyaba sin reservas la política exterior del gobierno zarista. Los partidos pequeñoburgueses, socialrevolucionario y menshevique, encubriendo su conducta con la bandera del socialismo, ayudaron a la burguesía, desde el primer momento de la guerra, a engañar al pueblo, a ocultar el carácter imperialista y rapaz de la guerra. Predicaban la necesidad de defender a la "patria" burguesa contra los "bárbaros prusianos", apoyaban la política de la "paz interior", y de este modo ayudaban al gobierno del zar a hacer la guerra, exactamente lo mismo que los socialdemócratas alemanes ayudaban al gobierno del káiser a guerrear contra los "bárbaros rusos". El Partido bolshevique fue el único que permaneció fiel a la gran bandera del internacionalismo revolucionario, manteniéndose firme en las posiciones marxistas y luchando resueltamente contra la autocracia zarista, contra los capitalistas y terratenientes y contra la guerra imperialista. El Partido bolshevique mantuvo, desde los primeros días de la guerra, el punto de vista de que ésta no se había desencadenado para defender la patria, sino para apoderarse de territorios extranjeros, para saquear a otros pueblos en interés de los terratenientes y capitalistas y de que los obreros debían adoptar frente a ella una actitud de lucha decidida. La clase obrera apoyaba al Partido bolshevique. Es cierto que los vapores patriótico-burgueses, que al comienzo de la guerra emborracharon a los intelectuales y al sector de los kulaks, contaminaron también a una parte de los obreros. Pero fue, principalmente, a los que estaban enrolados entre el hampa de la "Unión del pueblo ruso" y a un sector de los obreros influidos ideológicamente por los socialrevolucionarios y los mensheviques. Estos elementos no reflejaban ni podían reflejar, naturalmente, el estado de espíritu de la clase obrera. Eran los elementos que desfilaban en la manifestaciones chovinistas de la burguesía, organizadas por el gobierno zarista en los primeros días de la guerra. 2. Los partidos de la Segunda Internacional se pasan al lado de sus gobiernos imperialistas. - La Segunda Internacional se descompone en una serie de partidos socialchovinistas aislados. Lenin habían puesto en guardia, repetidas veces, contra el oportunismo de la Segunda Internacional y la falta de firmeza de sus jefes. Había afirmado siempre que los jefes de la Segunda Internacional sólo de palabra eran contrarios a la guerra y que en caso de que la guerra estallase desertarían seguramente de sus posiciones y se pasarían al lado de la burguesía imperialista, se convertirían seguramente en defensores de la guerra. El pronóstico de Lenin se confirmó desde los primeros días de aquélla. En 1910, en el Congreso celebrado por la Segunda Internacional en Copenhague, se había tomado un acuerdo que obligaba a los socialistas a votar en los parlamentos contra los créditos de guerra. El Congreso mundial de la Segunda Internacional celebrado en Basilea, en 1912, durante la guerra de los Balcanes, declaró que los obreros de todos los países consideraban un crimen disparar unos contra otros para acrecentar las ganancias de los capitalistas. Tal era la posición que se adoptaba, de palabra, en las resoluciones de los Congresos. Pero cuando empezaron a tronar los cañones de la guerra imperialista y se planteó la necesidad de llevar a la práctica aquellas resoluciones, los jefes de la Segunda Internacional se revelaron como traidores al proletariado y servidores de la burguesía, pasándose al campo de los defensores de la guerra. El 4 de agosto de 1914, la socialdemocracia alemana votó en el parlamento los créditos de guerra, votó en pro de la guerra imperialista. Y exactamente lo mismo hicieron, en su aplastante mayoría, los socialistas de Francia, de Inglaterra, de Bélgica y de los demás países. La Segunda Internacional había dejado de existir. Se descompuso de hecho en una serie de partidos socialchovinistas aislados que hacían la guerra los unos contra los otros. Los jefes de los partidos socialistas, traicionando al proletariado, se pasaron a la posición del socialchovinismo y abrazaron la defensa de la burguesía imperialista. Ayudaron a los gobiernos imperialistas a engañar a la clase obrera y a inyectarle el veneno del nacionalismo. Bajo la bandera de la defensa de la patria, estos socialtraidores comenzaron a azuzar a los obreros alemanes contra los franceses y a los obreros franceses e ingleses contra los alemanes. Sólo una minoría insignificante de hombres dentro de la Segunda Internacional se mantuvo en la posición internacionalista, marchando en contra de la corriente; sin una convicción muy firme y de un modo bastante vago, es cierto, pero, a pesar de todo, marchando en contra de la corriente. El Partido bolshevique fue el único que levantó desde el primer momento y sin vacilaciones la bandera de la lucha resuelta contra la guerra imperialista. En las tesis sobre la guerra, redactadas por Lenin en el otoño de 1914, se indicaba que el derrumbamiento de la Segunda Internacional no obedecía a una casualidad. A la Segunda Internacional, decía Lenin, la han echado a pique los oportunistas, contra los cuales hacía ya mucho tiempo que venían poniendo en guardia los mejores representantes del proletariado revolucionario. Los partidos de la Segunda Internacional estaban infectados de oportunismo ya antes de la guerra. Los oportunistas predicaban abiertamente la renuncia a la lucha revolucionaria, la teoría de la "evolución pacífica del capitalismo al socialismo". La Segunda Internacional no quería luchar contra el oportunismo, era partidaria de vivir en paz con él y le dejaba fortalecerse. Y, siguiendo la política de conciliación con el oportunismo, acabó por convertirse ella también en oportunista. A expensas de las ganancias que arrancaba de las colonias y de la explotación de que hacía objeto a los países atrasados, la burguesía imperialista corrompía sistemáticamente, mediante una política de salarios elevados y de otros gajes, a una minoría escogida de obreros calificados, a la llamada aristocracia obrera. De este reducido sector obrero salían muchos de los dirigentes de los sindicatos y de las cooperativas, muchos de los diputados y concejales, muchos de los redactores de la prensa y de los funcionarios de las organizaciones socialdemócratas. Al estallar la guerra, estos individuos, temerosos de perder su posición privilegiada, se hicieron enemigos de la revolución, convirtiéndose en los defensores más rabiosos de su burguesía y de sus gobiernos imperialistas. De oportunistas se convirtieron en socialchovinistas. Los socialchovinistas -incluyendo entre ellos los mensheviques y socialrevolucionarios rusos- predicaban la paz de clases entre los obreros y la burguesía dentro del país y la guerra con otros pueblos en el exterior. Engañaban a las masas acerca de los verdaderos responsables de la guerra, haciéndoles creer que la burguesía de su propio país estaba libre de toda culpa. Muchos socialchovinistas pasaron a ser ministros de los gobiernos imperialistas de sus países. No menos peligrosa para la causa del proletariado era la posición de los socialchovinistas encubiertos, de los llamados centristas. Los centristas -Kautski, Trotski, Martov y otros- defendían y justificaban a los socialchovinistas declarados y, por tanto, traicionaban, en unión de éstos, al proletariado, encubriendo su traición con frases "izquierdistas" acerca de la lucha contra la guerra, frases dirigidas a engañar a la clase obrera. De hecho, los centristas apoyaban la guerra, pues no a otro cosa equivalía su propuesta de no votar contra los créditos de guerra, limitándose a abstenerse de esta votación. También ellos, ni más ni menos que los socialchovinistas, exigían que se renunciase a la lucha de clases mientras durase la guerra, para no estorbar a sus gobiernos imperialistas llevar la guerra. Ante los problemas más importantes de la guerra y del socialismo, el centrista Trotski se manifestaba siempre contra Lenin, contra el Partido bolshevique. Desde los primeros días de la guerra, Lenin comenzó a agrupar fuerzas para crear una nueva Internacional, la Tercera Internacional. La tarea de fundar la Tercera Internacional para sustituir a la Segunda que había dado en quiebra tan bochornosamente, aparece ya en el manifiesto lanzado contra la guerra, en noviembre de 1914, por el Comité Central del Partido bolshevique. En febrero de 1915 se celebró en Londres una conferencia de socialistas de los países de la Entente, en la cual intervino, por encargo de Lenin, el camarada Litvinov. Este exigió que los socialistas (Vandervelde, Sembat, Guesde) saliesen de sus gobiernos burgueses de Bélgica y Francia y rompiesen totalmente con los imperialistas, abandonando la colaboración con ellos. Y exigió que los socialistas mantuviesen una lucha resuelta contra sus propios gobiernos imperialistas y condenasen a cuantos votasen a favor de los créditos de guerra. Pero la voz de Litvinov no encontró el menor eco en este conferencia. A comienzos de septiembre de 1915 se reunió en Zimmerwald la primera Conferencia de los internacionalistas. Lenin decía que esta Conferencia había sido el "primer paso" en el desarrollo del movimiento internacional contra la guerra. Lenin formó en ella el grupo de la izquierda de Zimmerwald. Pero el único que, dentro de la izquierda zimmerwaldiana, mantuvo una posición certera y consecuente desde el principio hasta el fin contra la guerra fue el Partido bolshevique, con Lenin a la cabeza. La izquierda zimmerwaldiana editaba en alemán un periódico titulado "Vorbote" ("El Precursor"), donde se publicaron varios artículos de Lenin. En 1916 se consiguió reunir en el pueblecillo suizo de Kienthal la segunda Conferencia internacionalista, que se conoce con el nombre de segunda Conferencia zimmerwaldiana. Por aquel entonces, se habían ido definiendo grupos de internacionalistas en casi todos los países y se destacaba ya con trazos acusados la escisión entre los elementos internacionalistas y los socialchovinistas. Y, sobre todo, las propias masas, bajo la influencia de la guerra y de las calamidades provocadas por ella, se iban orientando hacia la izquierda. El manifiesto de Kienthal fue el fruto de un acuerdo entre los diversos grupos que se debatieron en la Conferencia. Representaba, en comparación con el manifiesto de Zimmerwald, un paso de avance. Pero tampoco la Conferencia de Kienthal adoptó las tesis fundamentales de la política bolshevique: transformación de la guerra imperialista en guerra civil; derrota, en la guerra, del gobierno imperialista del propio país y organización de la Tercera Internacional. No obstante, la Conferencia de Kienthal hizo posible el desgajamiento de los elementos internacionalistas, que más tarde habían de formar la Tercera Internacional, la Internacional Comunista. Lenin criticaba los errores de los internacionalistas poco consecuentes dentro de las filas de los socialdemócratas de izquierda, tales como Rosa Luxemburgo y Carlos Liebknecht, a la par que les ayudaba a adoptar una posición certera. 3. Teoría y táctica del Partido bolshevique sobre los problemas de la guerra, de la paz y de la revolución. Los bolsheviques no eran simples pacifistas, enamorados de la paz y que se contentasen con predicar la paz a todo trance, como la mayoría de los socialdemócratas de izquierda. Los bolsheviques eran partidarios de la lucha revolucionaria activa por la paz, hasta llegar al derrocamiento del Poder de la burguesía imperialista causante de las guerras. Los bolsheviques vinculaban la causa de la paz a la causa del triunfo de la revolución proletaria, pues entendían que el medio más seguro para acabar con la guerra y conquistar una paz justa, una paz sin anexiones ni indemnizaciones, era el derrocamiento del Poder de la burguesía imperialista. Frente a los mensheviques y los socialrevolucionarios, que renegaban de la revolución, y frente a la consigna traidora del mantenimiento de la "paz interior", mientras durase la guerra, los bolsheviques lanzaron la consigna de "transformación de la guerra imperialista en guerra civil". Esta consigna significaba que los trabajadores, incluyendo entre ellos los obreros y los campesinos armados, vestidos con el uniforme militar, debían volver las armas contra su burguesía y derribar el Poder de ésta, si querían liberarse de la guerra y conseguir una paz justa. Frente a la política de los mensheviques y socialrevolucionarios, de defensa de la patria burguesa, los bolsheviques defendían la política de "derrota del propio gobierno, en la guerra imperialista". Esto significaba que era necesario votar contra los créditos de guerra, crear organizaciones revolucionarias clandestinas dentro del ejército, apoyar los actos de confraternización de los soldados en los frentes y organizar acciones revolucionarias de los obreros y los campesinos contra la guerra, convirtiéndolas en una insurrección contra el gobierno imperialista de su propio país. Los bolsheviques entendían que el mal menor que podría acarrearle al pueblo la guerra imperialista sería la derrota militar del gobierno zarista, pues esta derrota facilitaría el triunfo del pueblo sobre el zarismo y la lucha victoriosa de la clase obrera por emanciparse de la esclavitud capitalista y de las guerras imperialistas. Al sostener esto, Lenin entendía que esta política de derrota del propio gobierno imperialista debía ser seguida, no sólo por los revolucionarios rusos, sino por los partidos revolucionarios de la clase obrera en todos los países beligerantes. Los bolsheviques no eran contrarios a toda guerra. Eran contrarios solamente a la guerra anexionista, a la guerra imperialista. Los bolsheviques entendían que hay dos clases de guerra: a) las guerras justas, no anexionistas, de liberación, que tiene como finalidad defender al pueblo contra una agresión exterior y contra cuantos intenten esclavizarle, o liberar al pueblo de la esclavitud del capitalismo o, finalmente, emancipar a las colonias y a los países dependientes del yugo de los imperialistas; y b) las guerras injustas, anexionistas, que tienen como finalidad la anexión y esclavización de países y pueblos extranjeros. Los bolshevique apoyaban la primera clase de guerras. En cambio, propugnaban mantener una lucha resuelta contra las guerras de la segunda clase, llegando hasta la revolución y el derrocamiento del gobierno imperialista del propio país. Los trabajos teóricos de Lenin durante la guerra tuvieron una importancia enorme para la clase obrera del mundo entero. En la primavera de 1916, escribió Lenin su obra titulada "El imperialismo, fase culminante del capitalismo". En este libro, Lenin pone de manifiesto que el imperialismo es la fase culminante del capitalismo, la fase en que éste se convierte de capitalismo "progresivo" en capitalismo parasitario, en descomposición; que el imperialismo es el capitalismo agonizante. Lo cual no quiere decir, naturalmente, que el capitalismo vaya a morir por sí solo, sin la revolución proletaria, que se vaya a pudrir por la raíz. Lenin ha enseñado siempre que no cabe derrotar al capitalismo sin la revolución de la clase obrera. Por eso, aun definiendo el imperialismo como el capitalismo agonizante, Lenin apunta al mismo tiempo, en esta obra, que el "imperialismo es el umbral de la revolución social del proletariado". Lenin ponía de relieve que en la época del imperialismo, el yugo capitalista se hace cada vez más duro, que bajo las condiciones del imperialismo crece la indignación del proletariado contra los fundamentos del capitalismo y van madurando, dentro de los países capitalistas, los elementos para una explosión revolucionaria. Lenin ponía de relieve que en la época del imperialismo se agudiza la crisis revolucionaria en los países coloniales y dependientes, y van creciendo los elementos de indignación y los elementos para la lucha de liberación contra el imperialismo. Lenin ponía de relieve que, bajo las condiciones del imperialismo, se agudizan especialmente el desarrollo desigual y las contradicciones del capitalismo; y que la lucha por los mercados para dar salida a las mercancías y exportar los capitales, la lucha por las colonias y por las fuentes de materias primas, hace que se produzcan, inevitablemente y de un modo periódico, guerras imperialistas por un nuevo reparto del mundo. Lenin ponía de relieve que, precisamente como consecuencia de este desarrollo desigual del capitalismo, surgen las guerras imperialistas, que debilitan las fuerzas del imperialismo y hacen posible la ruptura del frente del imperialismo por su punto más débil. Y, partiendo de todas estas premisas, llegaba a la conclusión de que era perfectamente posible para el proletariado romper el frente imperialista por un sitio cualquiera o por varios; de que era posible el triunfo del socialismo, empezando por algunos países e incluso por un solo aisladamente; de que el triunfo simultáneo del socialismo en todos los países era imposible, dada la desigualdad del desarrollo del capitalismo en ellos; de que el socialismo empezaría a triunfar solamente en uno o en varios países y que los demás seguirían siendo algún tiempo países burgueses. He aquí cómo formulaba Lenin esta conclusión genial, en dos artículos diferentes, escritos durante la guerra imperialista: 1) "La desigualdad de desarrollo económico y político es una ley absoluta del capitalismo. De donde se deduce que es posible que el socialismo empiece a triunfar solamente en algunos países capitalistas, o incluso en un solo país aisladamente. El proletariado triunfante de este país, después de expropiar a los capitalistas y de organizar la producción socialista dentro de sus fronteras, se enfrentará contra el resto del mundo, contra el mundo capitalista, atrayendo a su lado a las clases oprimidas de los demás países"... (Del artículo titulado "Sobre la consigna de los Estados Unidos de Europa", escrito en agosto de 1915. Lenin, t. XVIII, págs. 232-233, ed. rusa). 2) "El desarrollo del capitalismo sigue un curso extraordinariamente desigual en los diversos países. Es esto una consecuencia inevitable del régimen de producción de mercancías. De aquí la conclusión inmutable de que el socialismo no puede triunfar simultáneamente en todos los países. Empezará triunfando en uno o en varios países, y los demás seguirán siendo durante algún tiempo países burgueses o preburgueses. Esto provocará, necesariamente, no sólo rozamientos, sino incluso la tendencia abierta de la burguesía de los demás países a aplastar al proletariado triunfante del Estado socialista. En tales condiciones, la guerra sería, de nuestra parte, una guerra legítima y justa. Sería una guerra por el socialismo, por liberar a los otros pueblos de la burguesía" (Del artículo titulado "El programa de guerra de la revolución proletaria", escrito en el otoño de 1916. Lenin, t. XIX, pág. 325, ed. rusa). Era ésta una nueva y acabada teoría de la revolución socialista, la teoría de la posibilidad del triunfo del socialismo en países aislados, de las condiciones de este triunfo y de sus perspectivas, teoría cuyas bases habían sido esbozadas por Lenin ya en 1905, en su folleto "Las dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática". Esta teoría descartaba de un modo radical aquel punto de vista en boga entre los marxistas en el periodo del capitalismo preimperialista que consistía en considerar imposible el triunfo del socialismo en un solo país, cualquiera que fuese, entendiendo que el socialismo triunfaría al mismo tiempo en todos los países civilizados. Lenin, basándose en los datos sobre el capitalismo imperialista expuestos en su notable libro "El imperialismo, fase culminante del capitalismo", volteó este punto de vista, como anticuado, y sentó un nuevo punto de vista teórico, según el cual el triunfo simultáneo del socialismo en todos los países era imposible, siendo en cambio, posible su triunfo en un solo país capitalista aisladamente. La importancia incalculable de la teoría de Lenin sobre la revolución socialista no estriba solamente en haber enriquecido y desarrollado el marxismo con una nueva teoría. Su importancia consiste, además, en que da una perspectiva revolucionaria a los proletarios de los distintos países, en que desarrolla su iniciativa para lanzarse al asalto contra su propia burguesía nacional, les enseña a aprovecharse de la situación de guerra para organizar esta ofensiva y fortalece su fe en el triunfo de la revolución proletaria. Tal era la posición teórica y táctica de los bolsheviques en cuanto a los problemas de la guerra, de la paz y de la revolución. Tomando como base esta posición, desarrollaron su labor práctica en Rusia los bolsheviques. A pesar de las furiosas persecuciones policíacas, los diputados bolsheviques de la Duma, Badaiev, Petrovski, Muranov, Samoilov y Shagov recorrieron, al comienzo de la guerra, una serie de organizaciones obreras, informando acerca de la actitud de los bolsheviques ante la guerra y la revolución. En noviembre de 1914, la fracción bolshevique de la Duma organizó una conferencia para enjuiciar el problema de la actitud que debía seguirse ante la guerra. Al tercer día, fue detenida la Conferencia en pleno. Los tribunales condenaron a todos los diputados bolsheviques imponiéndoles la pena de inhabilitación y deportándolos a la Siberia oriental. El gobierno zarista acusó "de alta traición" a los diputados bolsheviques de la Duma. En este proceso, se desplegó un cuadro de las actividades de los diputados bolsheviques que podía enorgullecer al Partido. Los diputados bolsheviques se comportaron valientemente ante sus jueces, convirtiendo el proceso en una tribuna desde la cual desenmascararon la política anexionista del régimen zarista. Muy otro fue el comportamiento de Kamenev, encartado en el mismo proceso. Llevado de su cobardía, en cuanto se vio en peligro renegó de la política del Partido bolshevique, declarando ante el Tribunal que estaba en desacuerdo con los bolsheviques en el problema de la guerra y poniendo como testigo en apoyo de sus afirmaciones al menshevique Iordanski. Los bolsheviques realizaron una gran labor en contra de los Comités de la industria de guerra, puestos al servicio de ésta, y contra los intentos de los mensheviques de someter a los obreros a la influencia de la burguesía imperialista. La burguesía estaba vitalmente interesada en presentar ante la opinión general la guerra imperialista como una guerra de todo el pueblo. Durante la guerra, la burguesía consiguió adquirir una gran influencia en los asuntos del Estado, creándose, con las uniones de los Zemstvos y de los ayuntamientos urbanos, una organización propia, extensiva a toda Rusia. Necesitaba someter también a su dirección e influencia a los obreros. Para ello, discurrió el recurso de crear "grupos obreros" adscritos a los Comités de la industria de guerra. Los mensheviques hicieron suya esta idea de la burguesía. A ésta le convenía incorporar a dichos Comités representantes de los obreros para que se encargasen de hacer entre las masas obreras labor de agitación en torno a la necesidad de intensificar el trabajo de producción en las fábricas de obuses, cañones, fusiles, cartuchos y demás industrias que trabajaban para la guerra. "¡Todo y todos para la guerra!", tal era la consigna de la burguesía. En realidad, esta consigna significaba entonces: "¡Enriquezcámonos sin tasa con los suministros de guerra y con la anexión de territorios extranjeros!" Los mensheviques participaron activamente en esta obra pseudopatriótica emprendida por la burguesía. Ayudaban a los capitalistas, haciendo una intensa labor de agitación entre los obreros, para que éstos tomasen parte en las elecciones de los "grupos obreros" adscritos a los Comités de la industria de guerra. Los bolsheviques se manifestaron en contra de esta superchería. Preconizaron el boicot a los Comités de la industria de guerra y mantuvieron eficazmente este boicot. No obstante, una parte de los obreros participó en las actividades de aquellos Comités, bajo la dirección del conocido menshevique Gvosdiev y del confidente Abrosimov. Cuando los delegados de los obreros se reunieron en septiembre de 1915 para proceder a la elección definitiva de los "grupos obreros" de los citados comités, la mayoría de los delegados votó en contra de ellos y formuló una enérgica resolución contraria a la participación en los Comités de la industria de guerra, declarando que la tarea que los obreros tenían planteada era la de luchar por la paz y por el derrocamiento del zarismo. Los bolsheviques desplegaron también una gran labor dentro del ejército y de la flota. Explicaban a la masas de soldados y marinos quiénes eran los culpables de los inauditos horrores de la guerra y de los sufrimientos del pueblo, y les hacían ver que el único camino que tenía el pueblo para salir de la carnicería imperialista era la revolución. Creaban células bolsheviques dentro del ejército y de la flota, en las unidades del frente y en la retaguardia y distribuían proclamas con llamamientos contra la guerra. Los bolsheviques fundaron el "Grupo central de la organización militar de Cronstadt" que se hallaba en estrecho contacto con el Comité de Petrogrado del Partido. Adscrita al Comité de Petrogrado, se creó una organización militar para el trabajo entre la guarnición. En agosto de 1916, el jefe de la policía secreta de Petrogrado informaba que el "Grupo central de Cronstadt es una organización muy seria, de carácter conspirativo, cuyos miembros sin todas personas calladas y precavidas. Esta organización tiene también representantes en tierra". En el frente, el Partido bolshevique hacía labor de agitación en pro de la confraternización entre los soldados de los ejércitos beligerantes, subrayando que el enemigo era la burguesía mundial y que sólo se podría poner fin a la guerra, convirtiendo la guerra imperialista en guerra civil y volviendo las armas cada cual contra su propia burguesía y el gobierno de ésta. Cada vez menudeaban más los casos de unidades que se negaban a atacar. Casos de estos diéronse ya en 1905, y, sobre todo, en 1916. Donde los bolsheviques desplegaban una labor más intensa era en los ejércitos del frente del Norte, en la región del Báltico. A comienzos del año 1917, el general Russki, general en jefe de los ejércitos del frente Norte, informaba al Alto Mando acerca de la formidable labor revolucionaria desarrollada por los bolsheviques en aquel frente. La guerra impuso un cambio radical gigantesco en la vida de los pueblos y en la vida de la clase obrera internacional. Ponía sobre el tapete la suerte de los Estados, la suerte de los pueblos, la suerte del movimiento socialista. Era también, por tanto, una piedra de toque, una prueba para todos los partidos y tendencias que se llamaban socialistas ¿Permanecerían estos partidos y tendencias fieles a la causa del socialismo, a la causa del internacionalismo, o preferirían traicionar a la clase obrera, tirar por los suelos su bandera y arrastrarla a los pies de su propia burguesía nacional? Tal era el problema que estaba planteado. La guerra demostró que los partidos de la Segunda Internacional no resistieron la prueba, sino que traicionaron a la clase obrera y arriaron su bandera ante la burguesía de su propio país, ante su burguesía nacional, imperialista. No podía ser otra la conducta de partidos como aquellos que cultivaban en su seno el oportunismo y estaban educados en la política de concesiones a los oportunistas, a los nacionalistas. La guerra demostró que el Partido bolshevique fue el único partido que supo afrontar con honor la prueba y que permaneció fiel hasta el fin a la causa del socialismo, a la causa del internacionalismo proletario. Y era lógico que fuese así, pues sólo un partido de nuevo tipo, sólo un partido educado en el espíritu de la lucha intransigente contra el oportunismo, sólo un partido libre de oportunismo y de nacionalismo, sólo un partido así podía salir victorioso de aquella gran prueba y permanecer fiel a la causa de la clase obrera, a la causa del socialismo y del internacionalismo. El Partido en que se daban todas esas condiciones era el Partido bolshevique. 4. Las tropes zaristas son derrotadas en el frente. - El desastre económico. - La crisis del zarismo. La guerra había entrado ya en el tercer año. Devoraba millones de vidas humanas, dejando un reguero de muertos, de heridos, de seres que perecían a consecuencia de las epidemias producidas por la guerra. La burguesía y los terratenientes se enriquecían con ella, mientras que los obreros y campesinos sufrían cada vez más miseria y más privaciones. La guerra destruía la Economía nacional de Rusia. Cerca de 14 millones de trabajadores fuertes y sanos habían sido arrebatados a la producción por el ejército. Parábanse fábricas y talleres. La siembra de los campos de cereales iba en descenso, por falta de brazos. La población y los soldados en el frente pasaban hambre y andaban desnudos y descalzos. La guerra había devorado todos los recursos del país. El ejército zarista sufría derrota tras derrota. La artillería alemana descargaba sobre las tropas zaristas verdaderas granizadas de proyectiles, mientras en el ejército zarista escaseaban los cañones, las municiones y hasta los fusiles. A veces, había un fusil por cada tres soldados. Ya en plena guerra, se descubrió la traición del ministro de Guerra zarista, Sujomlinov, que resultó estar en relaciones con los espías alemanes. El propio ministro de Guerra se encargaba de ejecutar las instrucciones del espionaje alemán: dejar el frente desabastecido de municiones, no enviar al frente cañones ni fusiles. Algunos ministros y generales zaristas contribuían bajo cuerda a los éxitos del ejército alemán: en unión de la zarina, que estaba en relaciones con los alemanes, delataban a éstos los secretos militares. No tiene, pues, nada de extraño que, en estas condiciones, el ejército zarista fuese derrotado y obligado a batirse en retirada. Hacia el año 1916, los alemanes consiguieron ya apoderarse de Polonia y de una parte de la región del Báltico. Todo esto despertaba el odio y la cólera contra el gobierno zarista por parte de los obreros, de los campesinos, de los soldados y de los intelectuales, y acentuaba y agudizaba el movimiento revolucionario de las masas populares contra la guerra y contra el zarismo, tanto en la retaguardia como en el frente, lo mismo en el centro que en la periferia. El descontento comenzó a prender también en la burguesía imperialista rusa. Esta sentíase indignada ante el hecho de que se hiciesen los amos de la Corte granujas de la calaña de Rasputín, que laboraban claramente en pro de una paz separada con los alemanes. Se iba convenciendo cada vez más que el gobierno zarista era incapaz de llevar una guerra victoriosa. Temía que el zarismo, para salvar la situación recurriese a una paz separada con Alemania. En vista de esto, la burguesía rusa decidió organizar un complot palaciego para quitar de en medio al zar Nicolás II, poniendo en el trono al gran duque Miguel Romanov, que se hallaba vinculado con la burguesía. Con esto, pretendía matar dos pájaros de un tiro: en primer lugar, escalar el poder y asegurar la prosecución de la guerra imperialista, y en segundo lugar, atajar con un pequeño complot palaciego el avance de la gran revolución popular, cada vez más amenazador. La burguesía rusa contaba, para esta empresa, con el apoyo incondicional de los gobiernos inglés y francés. Estos gobiernos veían que el zar era incapaz de proseguir la guerra y temían que terminase por firmar una paz separada con los alemanes. Si el gobierno zarista concertaba una paz separada, los gobiernos de Inglaterra y Francia perderían, con Rusia, a un aliado que, además de entretener en su frente las fuerzas del enemigo, ponía a disposición de Francia decenas de millares de soldados rusos escogidos. He aquí por qué apoyaban a la burguesía rusa en sus intentos de llevar a cabo el complot palaciego. El zar hallábase, por tanto, aislado. A la par que se multiplicaban los reveses en el frente, el desastre de la Economía se iba acentuando cada vez más. En los meses de enero y febrero de 1917 la catástrofe del abastecimiento de las materias primas y los combustibles llegó a su punto culminantes y a su máxima agudización. El aprovisionamiento de Petrogrado y de Moscú cesó casi en absoluto. Comenzaron a cerrarse una fábrica tras otra. El cierre de fábricas vino a acentuar el paro forzoso. La situación hacíase verdaderamente insoportable para los obreros. Masas cada vez más extensas del pueblo iban convenciéndose de que no había más que un camino para salir de aquella situación insostenible: el derrocamiento de la autocracia zarista. El zarismo estaba atravesando claramente una crisis mortal. La burguesía creía poder resolver la crisis por medio de un complot palaciego. Pero fue el pueblo quien la resolvió a su manera. 5. La Revolución de febrero. - Caída del zarismo. - Constitución de los Soviets de diputados obreros y soldados. - Formación del Gobierno provisional. - La dualidad de poderes. El año 1917 comenzó con la huelga del 9 de enero. Durante esta huelga, celebráronse manifestaciones en Petrogrado, Moscú, Bakú y Nizhni-Nóvgorod; el 9 de enero abandonaron el trabajo cerca de la tercera parte de los obreros de Moscú. Una manifestación de 2.000 personas fue disuelta violentamente por la policía montada en la avenida Tverskaia. En Petrogrado, los soldados se unieron a los manifestantes, en la calzada de Viborg. "La idea de la huelga general -informaba la policía de Petrogrado- va ganando nuevos adeptos de día en día y adquiriendo la misma popularidad que en 1905". Los mensheviques y los socialrevolucionarios esforzábanse por encauzar el movimiento revolucionario incipiente dentro del marco conveniente para la burguesía liberal. Los mensheviques propusieron que el 14 de febrero, día de la apertura de la Duma, se organizase un desfile de obreros delante de ésta. Pero las masas obreras, marchando detrás de los bolsheviques, no desfilaron ante la Duma, sino en manifestación por las calles. El 18 de febrero de 1917 estalló, en Petrogrado, la huelga de los obreros de la fábrica "Putilov". El 22 de febrero pusiéronse en huelga los obreros de la mayoría de las grandes fábricas. El 23 de febrero (8 de marzo), Jornada Internacional de la Mujer, las obreras, respondiendo al llamamiento del Comité bolshevique de Petrogrado, lanzáronse a la calle en manifestación contra el hambre, contra la guerra y contra el zarismo. En Petrogrado, esta manifestación de las obreras fue apoyada con una acción huelguística general de los obreros. La huelga política comenzaba a convertirse en una manifestación política general contra el régimen zarista. El 24 de febrero (9 de marzo), la manifestación se renovó con nuevos bríos. La huelga afectaba ya a cerca de 200.000 obreros. El 25 de febrero (10 de marzo), el movimiento revolucionario se extendió a todo el Petrogrado obrero. Las huelgas políticas por distrito convirtiéronse en una huelga política general en toda la ciudad. Por todas partes surgían manifestaciones y choques con la policía. Sobre las masas obreras campeaban carteles rojos con estas consignas: "¡Abajo el zar!", "¡Abajo la guerra!", "¡Pan!". En la mañana del 26 de febrero (11 de marzo), la huelga política y la manifestación comenzaron a convertirse en intentos de insurrección. Los obreros desarmaban a la policía y a los gendarmes para armarse ellos. Pero el choque armado con la policía terminó con una matanza de manifestantes en la plaza Snamenskaia. El general Jabalov, jefe de la región militar de Petrogrado, ordenó que los obreros se reintegrasen al trabajo el 28 de febrero (13 de maezo), conminando con enviar al frente a los que no acatasen esta orden. El 25 de febrero (10 de marzo), el zar cursa al general Jabalov esta orden imperativa: "Exijo que mañana se ponga fin a los desórdenes en la capital". Pero ya no era posible "poner fin" a la revolución. El 26 de febrero (11 de marzo), la cuarta compañía del batallón de reserva del regimiento de Pavlovsk rompió el fuego, pero no contra los obreros, sino contra los destacamentos de guardias montados que habían comenzado a disparar contra los obreros. La lucha por ganarse a las tropas revestía el carácter más enérgico y tenaz, sobre todo por parte de las mujeres obreras, que se mezclaban entre los soldados, confraternizaban con ellos y les incitaban a ayudar al pueblo a derribar la autocracia zarista, tan odiada por él. La dirección del trabajo práctico del Partido bolshevique corría, por aquellos días, a cargo del Buró del Comité Central del Partido, residente en Petrogrado, al frente del cual estaba el camarada Molotov. El 26 de febrero (11 de marzo), el Buró del C.C. lanzó un manifiesto llamando a las masas a proseguir la lucha armada contra el zarismo y a constituir un Gobierno provisional revolucionario. El 27 de febrero (12 de marzo), las tropas de Petrogrado se negaron a disparar contra los obreros y comenzaron a pasarse al pueblo levantado en armas. En la mañana del 27 de febrero, los soldados sublevados no pasaban de 10.000; aquel mismo día por la noche, ascendían ya a 60.000. Los obreros y soldados levantados en armas empezaron a detener a los ministros y generales zaristas y a sacar de las cárceles a los revolucionarios. Los presos políticos, puestos en libertad, se unían a la lucha revolucionaria. En las calles había todavía tiroteo entre el pueblo y los guardias y gendarmes que habían emplazado sus ametralladoras en los tajados de las casas. Pero el rápido paso de las tropas al lado de los obreros decidió la suerte de la autocracia zarista. Cuando la noticia del triunfo de la revolución en Petrogrado llegó a otras ciudades y al frente, los obreros y los soldados comenzaron a derribar por todas partes a los representantes de la autoridad zarista. La revolución democráticoburguesa de Febrero había triunfado. La revolución triunfó, porque se puso al frente de ella la clase obrera, acaudillando el movimiento de masas de millones de campesinos vestidos de uniforme militar "por la paz, por el pan y por la libertad". La hegemonía del proletariado fue lo que aseguró el triunfo de la revolución. "La revolución ha sido obra del proletariado, que ha dado pruebas de heroísmo, ha derramado su sangre y ha arrastrado con él a las más extensas masas de los trabajadores y de la población más pobre...", escribía Lenin en los primeros días de la revolución (Lenin, t. XX, págs. 23-24, ed. rusa). La primera revolución, la revolución de 1905, había preparado el terreno para el rápido triunfo de la segunda revolución, de la revolución de 1917. "Sin los tres años de formidables combates de clases y de energía revolucionaria desplegada por el proletariado ruso de 1905 a 1907, hubiera sido imposible una segunda revolución tan rápida, que ha cubierto su etapa inicial en unos cuantos días", indicaba Lenin (Obra citada, pág. 13). En los primeros días de la revolución, aparecieron ya los Soviets. La revolución triunfante apoyábase en los Soviets de diputados obreros y soldados. Los obreros y soldados levantados en armas crearon sus Soviets respectivos. La revolución de 1905 había revelado que los Soviets son los órganos de la insurrección armada y, al mismo tiempo, el germen del nuevo Poder, del Poder revolucionario. La idea de los Soviets vivía en la conciencia de las masas obreras y la pusieron en práctica al día siguiente de ser derribado el zarismo, aunque con la diferencia de que, mientras los Soviets creados en 1905 eran solamente Soviets de diputados obreros, los que se crearon en febrero de 1917 eran, por iniciativa de los bolsheviques, Soviets de diputados obreros y soldados. Mientras los bolsheviques se ponían al frente de la lucha directa de las masas en las calles, los partidos oportunistas, mensheviques y socialrevolucionarios, preocupábanse de obtener puestos de diputados en los Soviets, alcanzando en ellos una mayoría propia. A este resultado contribuyó, en parte, el hecho de que la mayoría de los dirigentes bolsheviques se hallaban en la cárcel o en la deportación (Lenin se encontraba en la emigración, y Stalin y Sverdlov estaban deportados en Siberia), mientras los mensheviques y socialrevolucionarios se paseaban libremente por las calles de Petrogrado. Así se explica que los representantes de los Partidos oportunistas, los mensheviques y los socialrevolucionarios, se adueñasen de la dirección en el Soviet de Petrogrado y en su Comité Ejecutivo. Y otro tanto aconteció en Moscú y en otra serie de ciudades. Solamente en Ivánovo-Vosnesensk, Krasnoyarsk y algunos otros puntos lograros los bolsheviques tener la mayoría en los Soviets desde el primer momento. El pueblo armado, los obreros y soldados, al enviar sus representantes al Soviet, veían en él el órgano del Poder popular. Entendían y creían que el Soviet de diputados obreros y soldados daría satisfacción a todos los anhelos del pueblo revolucionario y que su primer acto sería concertar la paz. Pero el exceso de confianza de los obreros y soldados les jugó una mala pasada. Los socialrevolucionarios y mensheviques no pensaban ni remotamente en poner fin a la guerra, en conquistar la paz. Su propósito era aprovecharse de la revolución para proseguir la guerra. En cuanto a la revolución y a las reivindicaciones revolucionarias del pueblo, los socialrevolucionarios y los mensheviques entendían que la revolución ya estaba terminada y que el problema que ahora se planteaba era consolidarla y entrar en los cauces de la vida "normal", de la vida constitucional, del brazo de la burguesía. Así, la dirección socialrevolucionaria-menshevique del Soviet de Petrogrado tomó todas las medidas que estaban en sus manos para ahogar el problema de la terminación de la guerra, el problema de la paz, y entregar el Poder a la burguesía. El 27 de febrero (12 de marzo) de 1917, los diputados liberales de la Duma, confabulados entre bastidores con los líderes socialrevolucionarios y mensheviques, formaron el Comité provisional de la Duma, poniendo al frente de él al presidente de la cuarta Duma, al terrateniente monárquico Rodzianko. Algunos días después de esto, el Comité Provisional de la Duma y los líderes socialrevolucionarios y mensheviques del Comité Ejecutivo del Soviet de diputados obreros y soldados, a espaldas de los bolsheviques, se pusieron de acuerdo sobre la formación de un nuevo gobierno en Rusia: el Gobierno provisional burgués, presidido por el príncipe Lvov, a quien el zar Nicolás II, ya antes de la revolución de Febrero, tenía en cartera como primer ministro para su gabinete. Entraron a formar parte del Gobierno provisional, el jefe de los kadetes, Miliukov, el jefe de los octubristas, Guchkov, y otros destacados representantes de la clase capitalista; en calidad de representante de la "democracia", fue incorporado al gobierno el socialrevolucionario Kerenski. De este modo, los líderes socialrevolucionarios y mensheviques de Comité Ejecutivo de Soviet entregaron el Poder a la burguesía; informando de ellos después de producirse el hecho, el Soviet de diputados obreros y soldados refrendó por mayoría de votos la conducta de aquellos líderes, a pesar de las protestas de los bolsheviques. Y así se formó en Rusia un nuevo Poder estatal, compuesto -como decía Lenin- por representantes de "la burguesía y de los terratenientes aburguesados". Pero, al lado del gobierno burgués, existía otro Poder: el Soviet de diputados obreros y soldados. Los diputados soldados del Soviet eran, fundamentalmente, campesinos movilizados para la guerra. El Soviet de diputados obreros y soldados era el órgano de la alianza de los obreros y campesinos contra el Poder zarista y, al mismo tiempo, el órgano de su Poder, el órgano de la dictadura de la clase obrera y de los campesinos. Se estableció, pues, un original entrelazamiento entre dos poderes, entre dos dictaduras: la dictadura de la burguesía, encarnada en el Gobierno provisional, y la dictadura del proletariado y de los campesinos, representada por el Soviet de diputados obreros y soldados. Se estableció una dualidad de poderes. ¿Cómo se explica que en los Soviets tuviesen mayoría, la principio, los mensheviques y socialrevolucionarios? ¿Cómo se explica que los obreros y campesinos triunfantes entregasen voluntariamente el Poder a los representantes de la burguesía? Lenin explicaba esto por los millones de hombres inexpertos en política que habían despertado con ansias de participar en la vida política. Eran, en gran parte, pequeños propietarios, campesinos, obreros que hasta hacía poco trabajaban en el campo, hombres que ocupaban un lugar intermedio entre la burguesía y el proletariado. Rusia era, por aquel entonces, el más pequeñoburgués de todos los grandes países europeos. En este país, "la gigantesca ola pequeñoburguesa lo inundaba todo, ahogaba al proletariado consciente, no sólo por su volumen, sino también ideológicamente: es decir, contagiaba, infestaba a sectores extensísimos de obreros con sus ideas políticas pequeñoburguesas" (Lenin, t. XX, pág. 115, ed. rusa). Esta ola de elementos pequeñoburgueses fue también la que sacó a la superficie a los partidos pequeñoburgueses mensheviques y socialrevolucionarios. Otra causa que Lenin señalaba, era el cambio operado durante la guerra en cuanto a los elementos que componían el proletariado, y el insuficiente nivel de conciencia y de organización del proletariado en los primeros momentos de la revolución. Durante la guerra, habíanse operado cambios considerables en la composición del proletariado. Cerca de un 40 por 100 de los cuadros obreros habían sido movilizados militarmente. Con el fin de sustraerse a la movilización, se metieron en las fábricas, en los años de guerra, muchos pequeños propietarios, artesanos y tenderos, ajenos a la psicología proletaria. Estos sectores obreros de tipo pequeñoburgués eran un terreno abonado para el cultivo de los políticos pequeñoburgueses, mensheviques y socialrevolucionarios. He aquí por qué las grandes masas del pueblo, inexpertas en política, inundadas por la oleada de los elementos pequeñoburgueses y emborrachadas por los primeros éxitos de la revolución, marcharon durante los primeros meses de ésta a la zaga de los partidos oportunistas y se prestaron a ceder a la burguesía el Poder estatal, creyendo ingenuamente que el Poder burgués no había de estorbar la labor de los Soviets. Esto planteaba al Partido bolshevique la tarea de hacer ver a las masas, por medio de una paciente labor de esclarecimiento, el carácter imperialista del Gobierno provisional, la tarea de poner al desnudo la traición de los socialrevolucionarios y mensheviques, haciendo comprender a las masas que no era posible lograr la paz, sin substituir el Gobierno provisional por el Gobierno de los Soviets. Y el Partido bolshevique tomó en sus manos esta empresa con toda energía. El Partido reanudó la publicación de sus órganos legales de prensa. Cinco días después de la revolución de Febrero, ya comenzó a publicarse en Petrogrado la "Pravda" y, algunos días más tarde, apareció en Moscú "El Socialdemócrata". Empezó a actuar a la cabeza de las masas que iban sobreponiéndose a la confianza en la burguesía liberal, en los mensheviques y socialrevolucionarios. Explicó pacientemente a los soldados y a los campesinos la necesidad de que actuasen juntamente con la clase obrera. Les hizo ver que los campesinos no obtendrían la paz ni la tierra, si la revolución no seguía avanzando, si el Gobierno provisional de la burguesía no era sustituido por el Gobierno de los Soviets. RESUMEN La guerra imperialista estalló como consecuencia de la desigualdad de desarrollo de los países capitalistas, como consecuencia de la ruptura del equilibrio entre las principales potencias, como consecuencia de la necesidad en que se veían los imperialistas de proceder a un nuevo reparto del mundo por medio de la guerra y de crear un nuevo equilibrio de fuerzas. La guerra no habría adquirido un carácter tan desastroso, y hasta es probable que no hubiera llegado a tomar tales proporciones, si los partidos de la Segunda Internacional no hubiesen traicionado la causa de la clase obrera, si no hubiesen infringido los acuerdos de los congresos de la Segunda Internacional contra la guerra, si se hubiesen decidido a proceder activamente y poner en pie a la clase obrera contra sus propios gobiernos imperialistas, contra los incendiarios de la guerra. El Partido bolshevique fue el único partido proletario que se mantuvo fiel a la causa del socialismo y del internacionalismo, organizando la guerra civil contra su propio gobierno imperialista. Todos los demás partidos de la Segunda Internacional, vinculados con la burguesía a través de su grupo dirigente, resultaron estar entregados de pies y manos al imperialismo, desertaron al campo de los imperialistas. La guerra, reflejo de la crisis general del capitalismo, agudizó esta crisis y debilitó al capitalismo mundial. Los obreros de Rusia y el Partido bolshevique fueron los primeros del mundo que supieron aprovechar eficazmente la debilidad del capitalismo para romper el frente imperialista, derribar al zar y crear los Soviets de diputados obreros y soldados. Las grandes masas de la pequeña burguesía, de los soldados e incluso de los obreros, embriagadas por los primeros éxitos de la revolución y confiadas en las seguridades que les deban los mensheviques y socialrevolucionarios de que en adelante todo marcharía bien, se dejaron llevar de la confianza en el Gobierno provisional, apoyaron a éste. Ante el Partido bolshevique se planteaba la tarea de explicar a las masas de obreros y soldados, embriagadas por los primero éxitos, que aun había un largo trecho que recorrer hasta el triunfo total de la revolución, que mientras el Poder se hallase en manos de los Gobierno provisional de la burguesía y mandasen en los Soviets los oportunistas, los mensheviques y socialrevolucionarios, el pueblo no obtendría la paz, ni la tierra ni el pan; que, para que la victoria fuese completa, era necesario dar un paso más hacia adelante y entregar el Poder a los Soviets. 

Discurso del Che en la Conferencia Mundial de Comercio y Desarrollo《25 de marzo de 1964》☄