En los tiempos del terror,cuando la noche
tenía oídos y las paredes aprendían a delatar,
él llevaba siete llaves ajenas en su llavero.
No abrían su casa. Abrían su vida.
Eran siete llaves de siete casas distintas,entregadas por siete amigos que habían aprendido,demasiado pronto,que la amistad podía ser una forma de resistencia.
Cada llave tenía una historia.
La primera era de Clara,la maestra.
La había puesto en su mano una tarde cualquiera,como si le prestara un libro.
—Si un día no vuelvo —dijo—, que alguien pueda entrar y salvar lo que quede.
Detrás de esa puerta había cuadernos con nombres,poemas de niños y una lista secreta de detenidos que Clara iba escribiendo en tinta azul, como quien reza.
La segunda era de Rubén,el obrero.
Su casa siempre olía a grasa y a pan caliente.
La llave era pesada,gastada por años de bolsillos.
Detrás de esa puerta había una radio escondida dentro de un cajón,desde donde escuchaban voces prohibidas que hablaban de un mundo que todavía no existía,pero que ya se soñaba.
La tercera pertenecía a Julia. No tenía cerradura en realidad: la puerta se trababa con un alambre.
Pero igual le dio una llave.
—No es para abrir —le dijo—, es para recordar que aquí hay algo que defender.
En su casa había fotos rotas, cartas quemadas a medias y una muñeca sin un ojo que había visto más de lo que cualquier niño debía ver.
La cuarta era de Esteban,el periodista.
Fría,de metal duro.
Detrás de su puerta estaba la verdad,escrita en papeles diminutos,escondidos dentro de libros falsos,dentro de latas de galletas,dentro de las paredes.
Esteban decía que mientras alguien pudiera entrar ahí,la mentira no ganaría del todo.
La quinta era de Marta.
Su casa parecía vacía,pero en el piso de abajo,detrás de una trampilla,se escondían personas. Gente sin nombre,sin papeles,sin futuro,salvo el que Marta les tejía con pan,sopa y silencio.
La sexta era de Víctor,que había sido soldado y había aprendido demasiado tarde de qué lado estaba la sangre. Su casa guardaba uniformes enterrados en el patio y un arma envuelta en trapos,no para usar,sino para que no cayera en manos de quienes todavía creían en el terror.
La séptima era la más pequeña. Era de Ana.
Ana no tenía nada,salvo una habitación y una ventana por donde entraba el sol.
Pero ahí,en esa pieza mínima,se reunían las palabras. Se planificaba. Se soñaba. La llave era pequeña porque el lugar era enorme.
Él las llevaba todas juntas. Sonaban al caminar. No como campanas,sino como un aviso: alguien todavía estaba vivo.
Y cuando uno de ellos desaparecía,él iba a esa casa. Abría la puerta. Rescataba lo que podía: una libreta,una foto,un nombre.
Y así,cada llave lo salvaba un poco a él,porque le recordaba que no estaba solo,que había una red invisible sosteniendo lo que quedaba de humanidad.
El terror quería que cada uno fuera una isla.
Las llaves hacían un archipiélago.
Cuando finalmente el miedo empezó a retirarse,él siguió llevando el llavero.
Ya no para huir,sino para no olvidar.
Porque las siete llaves no abrían puertas.
Abrían memoria.
Ⓜ️arcelo Rubéns Balboa ✍️
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