La frase “el proletariado no tiene patria”,formulada por Marx y Engels en El Manifiesto Comunista,sigue siendo una de las ideas más incómodas y,a la vez,más vigentes del pensamiento crítico moderno.
No es una consigna abstracta ni una provocación retórica: es una constatación histórica y material sobre la posición real de la clase trabajadora dentro del sistema capitalista.
La patria,tal como se nos presenta desde el discurso dominante,aparece como un espacio de pertenencia común,un territorio compartido por iguales.
Sin embargo,esa imagen se derrumba cuando se analiza la estructura social concreta.
Para el proletariado,la patria no es un refugio sino un campo de explotación; no es un hogar, sino el lugar donde vende su fuerza de trabajo para sobrevivir.
La nación,en ese sentido,no es neutral: está organizada para garantizar la reproducción del capital,no la emancipación de quienes producen la riqueza.
Mientras la burguesía sí tiene patria —porque posee los medios de producción,controla el Estado y define las reglas del juego— el proletariado solo tiene fronteras que lo limitan,banderas que lo convocan a sacrificarse y leyes que lo disciplinan.
Cuando se habla de “defender la patria”,casi siempre se está hablando de defender intereses que no son los del trabajador: mercados,recursos, ganancias,hegemonías.
La sangre que se derrama es obrera; los beneficios, privados.
El nacionalismo burgués ha sido una de las herramientas más eficaces para dividir a la clase trabajadora.
Obreros enfrentados a otros obreros por el simple hecho de haber nacido a uno u otro lado de una frontera artificial.
Migrantes criminalizados,trabajadores locales precarizados,todos compitiendo entre sí mientras el capital se mueve libremente por el mundo,sin pasaporte ni lealtad nacional.
El capital no tiene patria; ¿por qué habría de tenerla quien lo produce?
Decir que el proletariado no tiene patria no implica negar la cultura,la historia o las luchas populares de cada pueblo.
Implica entender que esas identidades son constantemente utilizadas por las élites para desactivar la conciencia de clase.
El problema no es amar la tierra donde se nace,sino confundir ese amor con la obediencia a un orden que oprime.
Frente a un sistema globalizado de explotación, la respuesta no puede ser un repliegue nacionalista,sino la solidaridad internacional de la clase trabajadora.
La verdadera comunidad del proletariado no se define por banderas,sino por condiciones materiales compartidas: explotación, alienación,despojo.
De ahí surge el internacionalismo,no como ideal moral,sino como necesidad política.
Hoy,cuando se criminaliza al migrante,se glorifica al mercado y se invoca la “soberanía” para justificar ajustes,guerras o bloqueos,la frase recupera toda su potencia.
El proletariado sigue sin patria porque el sistema no se la concede.
Su única posibilidad histórica sigue siendo la organización consciente,la unidad más allá de las fronteras y la lucha por una sociedad donde la riqueza producida colectivamente deje de ser apropiada por unos pocos.
En última instancia,mientras exista el capitalismo,la patria seguirá siendo un privilegio de clase.
Y mientras eso sea así,el proletariado no tendrá otra bandera que su propia emancipación.
Ⓜ️arcelo Rubéns Balboa ✍️
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